GAESA y la economía de enclave en Cuba: hoteles, divisas y concentración del poder real

La construcción masiva de hoteles en Cuba, en medio de apagones prolongados, escasez alimentaria y deterioro hospitalario, no es una contradicción administrativa. Es una declaración estructural de prioridades. No revela un error de planificación; revela la lógica del modelo.
Este fenómeno se enraíza en la historia reciente de la economía cubana, particularmente desde la década de 1990, cuando el colapso de la Unión Soviética obligó al régimen a buscar fuentes alternativas de divisas. Fue en ese contexto que surgió GAESA (Grupo de Administración Empresarial S.A.), un conglomerado empresarial vinculado directamente a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), fundado bajo la dirección de Raúl Castro. Inicialmente registrada en Panamá como una entidad offshore, GAESA se expandió rápidamente para autofinanciar al ejército sin depender del presupuesto estatal, controlando sectores clave que generan dólares: turismo, remesas, comercio minorista, puertos y logística. Hoy, según estimaciones basadas en filtraciones de estados financieros, GAESA representa alrededor del 40% de la economía cubana, con activos que superan los 18 mil millones de dólares en cuentas bancarias, aunque algunos analistas cuestionan si estas cifras están en dólares o en pesos cubanos depreciados. Su subsidiaria Gaviota, por ejemplo, administra más de 44,000 habitaciones hoteleras, posicionándola como el mayor grupo hotelero de la isla, con márgenes de ganancia que alcanzaron el 42% en 2023, muy por encima del promedio global del sector.
El eje del problema no es el turismo. Es la forma en que se organiza el poder económico. GAESA no funciona como una empresa turística convencional. Es el núcleo financiero que concentra sectores estratégicos en divisas: hoteles, comercio en moneda fuerte (a través de CIMEX y TRD Caribe), inmobiliarias, puertos como el de Mariel y canales vinculados a remesas. En una economía donde el dólar es el recurso más escaso y determinante, quien controla las divisas controla el sistema. De hecho, GAESA domina el 95% de las transacciones en divisas y más del 70% de la economía nacional, operando como un "estado dentro del estado" con autonomía financiera que eclipsa incluso al Banco Central de Cuba. Esta concentración se evidencia en su expansión: desde apenas 164 habitaciones en 1988, Gaviota ha crecido a más de 29,000 en instalaciones hoteleras, muchas gestionadas por cadenas internacionales como Meliá o Iberostar, pero con propiedad mayoritaria en manos del conglomerado militar.
La expansión hotelera, aun con ocupación irregular y caída del turismo global, tiene sentido dentro de esa lógica. Un hotel no es solo una instalación para huéspedes. Es un activo dolarizado. Es un mecanismo de almacenamiento de valor. Es un instrumento para transformar liquidez captada en patrimonio inmobiliario permanente bajo control concentrado. A pesar de la crisis post-pandemia y las sanciones estadounidenses, el régimen ha persistido en esta estrategia. El plan de desarrollo turístico hasta 2030 prevé la construcción de más de 100,000 nuevas habitaciones, con GAESA invirtiendo más de 15 mil millones de dólares en 121 proyectos hoteleros, duplicando lo aportado por inversores extranjeros y el gobierno civil combinados. Sin embargo, en 2025, la ocupación hotelera cayó al 21.5%, con solo 1.8 millones de visitantes internacionales, el peor registro del siglo fuera de la pandemia, agravado por apagones crónicos y escasez de combustible que han llevado al cierre temporal de resorts como Sol Cayo Santa María y Meliá Buenavista.
En contextos de baja transparencia, los activos físicos cumplen funciones adicionales:
– Permiten mover capital entre empresas vinculadas. – Justifican contratos internos sin escrutinio público. – Absorben divisas generadas por otros sectores. – Consolidan patrimonio estratégico difícil de redistribuir.
Esta opacidad se extiende a las finanzas de GAESA, que opera sin auditorías externas ni rendición de cuentas pública. Filtraciones revelan que, en marzo de 2024, el conglomerado tenía 18 mil millones en activos corrientes, con 14.5 mil millones en cuentas bancarias, mientras el PIB cubano se contraía un 1.5% en 2025, situando a la isla junto a Haití como las únicas economías en recesión en América Latina y el Caribe. Economistas como Pedro Monreal describen a GAESA como un "Leviatán militar" que actúa como monopolio dolarizado, distorsionando la economía al priorizar inversiones en enclaves turísticos sobre sectores productivos como la agricultura o la energía.
Mientras hospitales operan con déficit crónico de insumos y el sistema eléctrico enfrenta colapsos recurrentes, la asignación de recursos a hoteles indica que el objetivo no es estabilizar la vida cotidiana de la población, sino proteger y ampliar un núcleo económico resistente a la crisis general. Ejemplos abundan: en 2025, mientras el país sufría apagones masivos, GAESA continuó construyendo hoteles de lujo, como la Torre K en La Habana con 594 habitaciones, pese a una ocupación nacional por debajo del 20%. Al mismo tiempo, el 80% de la población vive en pobreza, con salarios erosionados y dependiente de remesas que GAESA también canaliza parcialmente.
La economía cubana actual funciona como una estructura dual:
Una mayoría que vive en moneda nacional depreciada y salarios erosionados.
Un enclave empresarial que opera en divisas y administra activos estratégicos.
Ese enclave no depende del poder adquisitivo interno. Depende del flujo externo de dólares. Y esos dólares se capturan a través de turismo, comercio en moneda fuerte y otros canales controlados. Esta dualidad se asemeja a modelos históricos de economías de enclave, como las plantaciones coloniales en el Caribe o las minas en América Latina durante el siglo XIX, donde sectores extractivos conectados a mercados globales operan desconectados del tejido económico local, generando riqueza para elites sin derrame hacia la población. En Cuba, GAESA encarna este patrón: sus exportaciones representan el 41% de los servicios del país, pero no impulsan cadenas productivas internas.
El punto central no es si el turismo puede generar ingresos. Puede. El punto es que la expansión hotelera no está acompañada por una reforma productiva integral ni por un fortalecimiento paralelo de agricultura, industria ligera o energía. No existe un encadenamiento sistémico visible. Existe concentración. En los últimos 10 años, el 35% de las inversiones totales se destinaron a hoteles y restaurantes, mientras agricultura, alimentos y energía fueron relegados, contribuyendo a la emigración masiva —uno de cada cuatro cubanos ha dejado la isla en cuatro años— y protestas como las del 11J en 2021. Recientemente, en octubre de 2025, el régimen introdujo un cambio: permitir el arrendamiento completo de hoteles estatales a cadenas internacionales como Iberostar, comenzando en enero de 2026 con el Iberostar Origin Laguna Azul en Varadero, para mejorar eficiencia operativa ante la crisis. Sin embargo, esto no altera el control subyacente de GAESA.
En economías con gobernanza abierta, la inversión estratégica se audita, se publica, se debate. En el caso cubano, la información financiera detallada sobre costos reales, retornos y distribución de utilidades no es accesible al público. Esa opacidad transforma la discusión económica en discusión política.
Porque cuando el acceso a datos es limitado, lo único que queda visible son los contrastes:
– Nuevos hoteles frente a barrios en deterioro. – Infraestructura turística moderna frente a hospitales con escasez. – Activos inmobiliarios crecientes frente a salarios colapsados.
Ese contraste genera una pregunta inevitable: ¿desarrollo para quién? La construcción hotelera masiva en un entorno de contracción económica puede interpretarse como apuesta de largo plazo. Pero también puede leerse como consolidación patrimonial de un núcleo que opera con relativa autonomía frente al deterioro general. En 2026, la crisis energética amenaza con más cierres de resorts, exacerbando la dependencia de GAESA en flujos externos volátiles, mientras el PIB se proyecta en contracción continua.
El concepto técnico que mejor describe esta dinámica es economía de enclave. Un sector concentrado, conectado a flujos externos de capital, protegido institucionalmente y parcialmente desconectado del resto del tejido productivo nacional. Históricamente, estas estructuras perpetúan desigualdades, como se vio en la Cuba pre-revolucionaria con el azúcar o en países como Venezuela con el petróleo. En el contexto actual, GAESA actúa como un monopolio que extrae divisas sin reinvertirlas en el bienestar general, distorsionando el patrón de inversiones y profundizando la dolarización parcial de la economía.
Cuando el crecimiento ocurre dentro de un enclave y no permea al resto de la economía, el resultado no es desarrollo equilibrado. Es concentración.
La cuestión no es ideológica. Es estructural.
Si el objetivo fuera crecimiento nacional sostenido, la inversión estaría acompañada de transparencia financiera, reforma productiva y fortalecimiento simultáneo de sectores sociales. Cuando eso no ocurre, la expansión hotelera deja de ser simple infraestructura turística y se convierte en señal de cómo se distribuye realmente el poder económico dentro del país.
Y en Cuba, el poder económico concentrado es poder político consolidado. En última instancia, GAESA no solo administra divisas; sostiene un sistema donde el control militar sobre la economía eclipsa al gobierno civil, perpetuando un ciclo de crisis que beneficia a una élite mientras el resto de la sociedad enfrenta precariedad.
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