La libertad no siempre muere por monstruos: a veces muere por multitudes equivocadas

La tragedia de las sociedades no está solo en la maldad organizada del poder, sino en la estupidez colectiva que termina votando, justificando y aplaudiendo su propia servidumbre

8 min de lectura28 de mayo de 2026Sociedad
La libertad no siempre muere por monstruos: a veces muere por multitudes equivocadas

Carlo M. Cipolla, historiador económico italiano y profesor en Berkeley, no escribió un tratado de teoría política, pero dejó una intuición devastadora sobre el comportamiento humano: las sociedades subestiman sistemáticamente el peso destructivo de la estupidez. En The Basic Laws of Human Stupidity, Cipolla sostuvo, entre otras cosas, que la estupidez es más abundante de lo que la gente cree, que no depende del nivel educativo o de la posición social, y que el individuo estúpido es aquel que causa daño a otros sin obtener un beneficio real, e incluso perjudicándose a sí mismo. (Fondazione Internazionale Premio Balzan)

Esa idea, leída en clave política, explica una de las tragedias más persistentes de la historia moderna: pueblos enteros que terminan respaldando consignas, líderes y sistemas que destruyen su propiedad, su libertad, su dignidad y su futuro. No porque todos sean malvados. Muchas veces, precisamente, porque no lo son. Porque no entienden el costo real de lo que apoyan. Porque confunden resentimiento con justicia, obediencia con orden, propaganda con verdad, y castigo del exitoso con redención del pobre. La sociedad no siempre cae por perversión consciente. Muchas veces cae por incapacidad colectiva para distinguir entre una promesa emocionalmente seductora y una estructura objetivamente destructiva.

Ese es el punto más duro. Las dictaduras no siempre llegan montadas sobre un ejército de criminales lúcidos. A menudo llegan empujadas por millones de personas comunes que creen estar defendiendo el bien. Ahí reside la dimensión verdaderamente peligrosa de la estupidez política: no necesita verse monstruosa para ser letal. Puede hablar en nombre del pueblo, de la igualdad, de la patria, de la moral, de la justicia social o de la soberanía. Puede incluso presentarse como compasiva. Pero si el resultado real de las ideas que se aplauden es menos libertad, más control, más censura, más dependencia del Estado y más poder concentrado en menos manos, entonces lo que parecía altruismo termina funcionando como demolición.

Cipolla también formuló una observación esencial: las personas no estúpidas suelen subestimar el poder destructivo del estúpido. Esa ley tiene una resonancia política inmensa. Los ciudadanos razonables suelen creer que hay límites que nadie cruzará, que hay absurdos demasiado evidentes para imponerse, que la propaganda tiene un techo, que la miseria visible abrirá los ojos, que la represión descarada despertará rechazo. Y, sin embargo, una y otra vez, la historia demuestra lo contrario: masas enteras pueden adaptarse a lo irracional, defender lo indefendible y repetir consignas que operan directamente contra sus propios intereses materiales y morales. (tecfaetu.unige.ch)

La estupidez colectiva no consiste en ignorancia pura. Consiste, más bien, en una mezcla de pereza mental, credulidad emocional, tribalismo ideológico y renuncia a pensar hasta el final las consecuencias de una idea. Una persona puede ser culta y, sin embargo, políticamente estúpida. Puede tener títulos, vocabulario sofisticado y capacidad técnica, y aun así apoyar sistemas que destruyen los incentivos que sostienen la civilización. Cipolla insistía precisamente en que la probabilidad de estupidez es independiente de cualquier otra característica de la persona. Eso vuelve el problema todavía más serio, porque impide refugiarse en la ilusión de que la educación formal inmuniza contra el error destructivo. (tecfaetu.unige.ch)

Cuando una sociedad empieza a despreciar la libertad económica porque la confunde con egoísmo, cuando acepta censura porque la llama responsabilidad, cuando tolera persecución porque la llama disciplina revolucionaria, cuando demoniza el mérito porque lo presenta como privilegio, y cuando entrega más y más poder al Estado con la esperanza infantil de que el mismo poder que administra mal administrará mejor si se le da todavía más control, entonces ya no estamos solo ante un problema político. Estamos ante un colapso del juicio colectivo.

Ese colapso suele empezar con frases aparentemente nobles. “Hay que limitar ciertas libertades para proteger al pueblo.” “Hay que castigar a quienes tienen más para hacer justicia.” “Hay que controlar la prensa para evitar manipulación.” “Hay que cerrar el mercado para defender la soberanía.” “Hay que obedecer primero y discutir después.” Cada una de esas fórmulas contiene la semilla del sometimiento. Y, sin embargo, encuentran respaldo social porque halagan emociones muy humanas: miedo, resentimiento, envidia, deseo de orden, cansancio ante el conflicto, necesidad de sentirse moralmente del lado correcto. La estupidez política es poderosa porque sabe disfrazarse de virtud.

Por eso las dictaduras no deben analizarse solo desde arriba, como si fueran exclusivamente productos del aparato represivo. También hay que analizarlas desde abajo: desde la masa que las tolera, las racionaliza o las celebra. Ningún régimen totalitario se sostiene únicamente con policías, cárceles y propaganda. Necesita algo más: una cantidad suficiente de gente dispuesta a no pensar, a repetir, a callar o a justificar. Necesita una cultura social donde la sumisión parezca prudencia, donde la cobardía parezca madurez, y donde el pensamiento independiente empiece a verse como amenaza.

En ese sentido, la mayor victoria de una dictadura no es encarcelar opositores. Es lograr que buena parte de la sociedad considere razonable esa cárcel. No es solo prohibir una voz. Es lograr que muchos ciudadanos crean que esa voz “se lo buscó”. No es solo destruir libertades. Es conseguir que otros llamen irresponsable, traidor o egoísta a quien intenta defenderlas. Ahí la estupidez colectiva deja de ser pasividad y se convierte en fuerza activa de opresión.

La lección de Cipolla resulta brutalmente útil porque desmonta una ilusión peligrosa: la de creer que los pueblos siempre aprenden por sufrimiento. No. A veces el sufrimiento no educa; embrutece. A veces la miseria no despierta lucidez; despierta más dependencia. A veces la propaganda no colapsa ante la realidad; se vuelve más agresiva precisamente cuando la realidad la desmiente. Y a veces las personas, en lugar de reconocer que apoyaron ideas desastrosas, se aferran todavía más a ellas para no enfrentar la humillación de haber sido cómplices de su propia ruina.

Esa es una de las razones por las que el combate por la libertad no puede limitarse a denunciar tiranos. También debe desenmascarar la estupidez social que les abre camino. Hay que decir algo que incomoda, pero es verdad: no toda víctima política es inocente en términos intelectuales. Hay sociedades que colaboran con su propia pérdida porque prefieren el consuelo de las mentiras a la dureza de la verdad. Prefieren promesas imposibles a responsabilidades reales. Prefieren caudillos que prometen repartirlo todo antes que sistemas donde haya que producir, competir, asumir riesgos y tolerar desigualdades naturales derivadas del mérito y del esfuerzo.

El precio de esa estupidez es siempre el mismo. Primero se destruye el lenguaje. Luego se destruyen los incentivos. Después se destruye la propiedad, la confianza y la posibilidad de disentir. Más tarde se normaliza la censura, el miedo y la obediencia. Y al final, cuando la sociedad ya vive más pobre, más callada y más controlada, todavía aparece gente dispuesta a decir que todo fue culpa de enemigos externos, de traiciones internas o de insuficiente radicalidad. La estupidez colectiva no solo destruye. Además se niega a reconocer su propia obra.

Por eso la libertad exige algo más que valentía. Exige lucidez. Exige la capacidad de identificar ideas autodestructivas aunque vengan envueltas en lenguaje moral. Exige sospechar de toda doctrina que le entregue demasiado poder a quienes prometen redimir al pueblo. Exige desconfiar del sentimentalismo político cuando ese sentimentalismo justifica menos libertad en nombre de una justicia futura. Y exige entender, con toda crudeza, que una sociedad no siempre cae por la acción calculada de grandes villanos. A veces cae porque demasiada gente decide no pensar con rigor las consecuencias de lo que aplaude.

Ahí está la vigencia feroz de Cipolla. No describió solo una debilidad humana anecdótica. Describió un mecanismo histórico de destrucción. El individuo malvado puede causar daño. Pero la estupidez colectiva es todavía más peligrosa porque multiplica ese daño, lo legitima y lo convierte en clima social. Cuando una nación empieza a premiar la tontería ideológica y a castigar la inteligencia moral, el derrumbe ya no es una posibilidad. Es una cuenta regresiva.

Conclusión

La libertad rara vez es derrotada únicamente por la inteligencia del tirano. Con demasiada frecuencia es derrotada por la ceguera de quienes lo siguen, lo excusan o lo votan. Esa es la verdad que incomoda, pero que debe decirse sin suavizantes: muchas sociedades no son arrastradas al abismo solo por maldad organizada, sino por estupidez colectiva.

Y esa estupidez no consiste en no saber leer ni en carecer de títulos. Consiste en apoyar ideas que lesionan la propia libertad, justificar poderes que después aplastan, y repetir consignas que destruyen precisamente las condiciones necesarias para vivir como seres humanos dignos. Cuando un pueblo llega a ese punto, el problema ya no es solo político. Es civilizatorio.

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