México y Cuba: dos siglos de cercanía que ningún odio instantáneo debería profanar

Un video viral puede encender prejuicios, pero no tiene derecho a borrar una historia mucho más grande: la de dos pueblos que se han cruzado en la cultura, el exilio, la política, la música, la diplomacia y la imaginación de América

8 min de lectura31 de mayo de 2026Sociedad
México y Cuba: dos siglos de cercanía que ningún odio instantáneo debería profanar

Lo primero que conviene decir con claridad es esto: un pleito individual, por desagradable que haya sido, no representa ni al pueblo cubano ni al pueblo mexicano. La velocidad emocional de las redes suele convertir un incidente en caricatura nacional, y esa es precisamente una de las formas contemporáneas de la degradación pública: se toma un hecho aislado, se le inyecta resentimiento, se le añade identidad nacional y se fabrica una excusa para odiar en masa. El video reciente que ha circulado sobre un altercado entre un cubano y un mexicano en Cancún existe y ha generado tensión digital, pero el salto desde ese episodio a una hostilidad entre pueblos enteros no es análisis: es pereza mental amplificada por algoritmos. (CiberCuba)

La relación entre México y Cuba es demasiado extensa, demasiado densa y demasiado fecunda como para dejarla secuestrar por una riña viral. México y Cuba mantienen relaciones diplomáticas ininterrumpidas desde 1902, algo excepcional en el continente, y la propia diplomacia mexicana sigue presentando esa relación como una construcción histórica sostenida por la cercanía entre sus pueblos. No estamos hablando de una simpatía reciente ni de una amistad protocolar. Estamos hablando de una continuidad histórica que sobrevivió guerras frías, presiones de Washington, cambios de régimen, transiciones políticas y choques ideológicos. (X (formerly Twitter))

Pero limitar la historia común a los vínculos diplomáticos sería quedarse muy corto. Mucho antes de los comunicados oficiales, ya existía un espacio cultural compartido. Cuba y México se tocaron por la ruta del Caribe, por el mundo colonial hispánico, por la lengua, por la circulación de ideas y por una sensibilidad latinoamericana que encontró en ambos territorios nodos fundamentales. Esa cercanía no fue solo geográfica. Fue intelectual, artística y política. Un país y otro se observaron, se interpretaron y se influyeron recíprocamente durante generaciones. (Schools for Chiapas)

José Martí resume de forma casi perfecta esa intimidad histórica. Martí vivió en México entre 1875 y 1877, escribió allí, se formó allí en una parte decisiva de su madurez política y literaria, y su paso por México no fue una escala decorativa, sino un capítulo central de la construcción de su pensamiento continental. La UNAM ha recordado que durante esos años Martí creó en México lazos afectivos y políticos fundamentales para su proyecto independentista, y el portal martiano documenta que en México publicó en la Revista Universal y conoció a Carmen Zayas-Bazán, con quien terminaría casándose. Martí no fue un cubano en tránsito por México: fue también, en un sentido profundo, un autor formado por México. (Gaceta UNAM)

Por eso sería intelectualmente mezquino reducir la relación entre ambos pueblos a la coyuntura de los gobiernos o a los excesos de las redes sociales. Martí pertenece a Cuba, sí, pero también pertenece a la historia cultural mexicana. Y no es el único caso. La música, la literatura, el cine, la radio, el bolero, la trova, el son, la industria editorial y el imaginario sentimental de ambos países se han alimentado mutuamente durante décadas. Un estudioso de las relaciones culturales entre ambos países mostró, por ejemplo, cómo ya en los años treinta hubo misiones de buena voluntad, intercambios artísticos y fortalecimiento simultáneo de relaciones culturales y comerciales. No estamos ante contactos esporádicos. Estamos ante una trama sostenida. (Dialnet)

También hay una historia de exilio compartido, aunque aquí conviene ser exacto y no romantizar de más. El caso mejor documentado del siglo XX fue México como refugio decisivo para exiliados y revolucionarios cubanos perseguidos por las dictaduras de Gerardo Machado y Fulgencio Batista. La investigación académica lo ha señalado con claridad: entre 1902 y 1958, México fue uno de los principales espacios de refugio y reorganización política para cubanos perseguidos. A eso se añade un hecho conocido y simbólicamente enorme: la expedición que saldría en el Granma hacia Cuba se organizó en territorio mexicano. Es decir, México no solo recibió cubanos: fue escenario material de una parte de la historia política moderna de Cuba. (rilzea.cialc.unam.mx)

Ese dato tiene una derivación moral importante. Cuando hoy algunos pretenden azuzar odio simple entre cubanos y mexicanos, olvidan que en momentos decisivos ambos pueblos se abrieron puertas. Se puede ser radicalmente crítico del régimen cubano —y hay razones de sobra para serlo— sin por ello caer en la barbaridad de convertir al cubano común en enemigo nacional de México. Y se puede defender la dignidad mexicana sin necesidad de degradarla con xenofobia de reacción instantánea. Confundir pueblo con gobierno, migrante con régimen, individuo con nación, es exactamente el tipo de error que empobrece el juicio público. (El País)

Además, la relación no ha sido solo sentimental o histórica. También ha tenido expresión económica concreta. Los datos oficiales de Data México muestran que, todavía en 2025, México mantuvo exportaciones relevantes hacia Cuba, y Reuters reportó que Pemex suministró en 2025 alrededor de 496 millones de dólares en crudo y productos petroleros a la isla bajo un acuerdo comercial vigente desde 2023. Se puede discutir con fuerza la pertinencia política de sostener económicamente a una dictadura, y yo mismo haría esa discusión en términos severos. Pero una cosa es cuestionar al gobierno cubano y otra distinta negar que existe una relación económica real entre ambas naciones, construida sobre historia, geografía y mutua conveniencia. (Secretaría de Economía)

Aquí aparece una distinción que debe preservarse con bisturí: la amistad entre México y Cuba no es lo mismo que la amistad entre México y el régimen cubano. Esa distinción es esencial. Los pueblos pueden compartir historia, cultura, migración, afectos y memoria, aun cuando uno de los gobiernos implicados sea una dictadura. Defender la hermandad humana entre mexicanos y cubanos no obliga a blanquear a La Habana. Al contrario: obliga a separar con más rigor al pueblo cubano de la estructura que lo oprime. Si algo merece solidaridad mexicana no es la nomenklatura cubana, sino el cubano que sufre escasez, represión, exilio y destrucción del salario. Esa diferencia no debilita la amistad entre pueblos; la depura moralmente. (El País)

También por eso la ola de odio nacida de un video banalmente violento revela algo más profundo: la facilidad con que las redes degradan siglos de historia en minutos de rabia. La economía emocional de las plataformas premia el reflejo, no la memoria; la simplificación, no el contexto; el insulto, no la civilización. El problema de fondo no es solo el video. Es la disposición colectiva a usar cualquier chispa para encender prejuicios acumulados. Cuando eso ocurre, la conversación pública deja de ser histórica y se vuelve tribal. Y el tribalismo siempre es un enemigo de la verdad. (WIRED)

Si se mira con seriedad, México y Cuba no son pueblos extraños entre sí. Son dos sociedades que se han acompañado en la lengua, en la música popular, en la prensa, en el exilio, en la literatura y en la geopolítica del continente. La SRE mexicana y la cancillería cubana han insistido en esa historicidad compartida, y aunque los comunicados oficiales suelen barnizar la realidad, en este punto tocan una verdad verificable: la relación bilateral ha tenido una densidad histórica difícil de encontrar en otras combinaciones regionales. No es casualidad que haya sobrevivido tanto. Sobrevive porque debajo de los gobiernos existe un sedimento cultural mucho más resistente. (X (formerly Twitter))

El deber de un análisis serio, entonces, no es negar el conflicto puntual ni hacer sentimentalismo vacío. Es poner proporciones. Un incidente entre individuos debe juzgarse como incidente entre individuos. Si hubo agresión, que se sancione. Si hubo abuso, que se repare. Pero convertir ese hecho en coartada para hostilidad nacional sería una muestra de incultura histórica y de vulgaridad política. Los pueblos serios no reescriben dos siglos por un minuto de furia grabado en video. (CiberCuba)

Conclusión

México y Cuba comparten mucho más que una vecindad caribeña ampliada. Comparten una historia larga de cruces humanos, culturales, diplomáticos y políticos. Comparten a Martí en México, comparten exilios y refugios, comparten música, comparten lengua, comparten heridas latinoamericanas y también una memoria de solidaridad que no merece ser rebajada por el ruido tóxico de las redes. (Gaceta UNAM)

Por eso el mensaje de fondo debe ser claro: un problema individual no puede opacar dos siglos de intercambio, cercanía y formación mutua. Y todavía menos cuando se trata de dos pueblos que, pese a sus gobiernos, sus crisis y sus contradicciones, han ayudado a construir parte de la misma conversación histórica en América Latina. Defender esa verdad no es ingenuidad. Es higiene moral e inteligencia histórica.

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