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EE.UU. abriría puerta a petroleras para vender combustible a privados en Cuba.

Por qué una medida que parece alivio puede terminar fortaleciendo el mismo sistema que dice evitar

25 de febrero de 2026
EE.UU. abriría puerta a petroleras para vender combustible a privados en Cuba.

La posible autorización para vender combustible a privados en Cuba parece, a primera vista, una jugada inteligente. La lógica es sencilla: mantener la presión sobre el Estado cubano, pero abrir una vía de alivio para actores no estatales, pequeños negocios y ciudadanos que están atrapados en una crisis energética brutal. En teoría, esa fórmula permite sostener una línea dura contra el régimen sin cargar con el costo político de provocar una asfixia total sobre la población.

El problema es que esa lectura parte de una premisa que en Cuba casi nunca se cumple: que “privado” significa realmente independiente.

Y en Cuba esa palabra, dentro de sectores estratégicos, casi siempre viene condicionada por el mismo aparato que se supone que se quiere aislar.

Ese es el error de fondo que se repite una y otra vez en el análisis externo sobre Cuba. Se diseña una medida pensando en un país donde existe mercado relativamente abierto, competencia, intermediación privada real y control legal verificable del destino final de los bienes. Pero Cuba no funciona así. Cuba funciona con una economía de cuellos de botella. Y en una economía de cuellos de botella, quien controla los puntos de paso controla el resultado, aunque el documento diga otra cosa.

Por eso el debate no debe centrarse en si la venta “sería legal” o si “está dirigida a privados”. Eso es apenas la capa formal. El análisis serio empieza después: qué pasa con ese combustible cuando entra a una estructura económica donde el poder político controla permisos, logística, distribución, acceso al transporte, almacenamiento y capacidad operativa.

El combustible no es un producto cualquiera. En una economía colapsada como la cubana, el combustible es poder puro.

Controla la electricidad. Controla el transporte. Controla la producción. Controla la refrigeración de alimentos. Controla la movilidad del comercio. Controla el funcionamiento diario del país.

Cuando un recurso tiene ese nivel de centralidad, no existe neutralidad política en su distribución. En Cuba, el combustible no se mueve solo por mercado. Se mueve por prioridad política, por redes de acceso, por permisos y por protección.

Entonces, aunque una petrolera venda “a un privado” en el papel, la pregunta real es otra: ¿ese privado tiene autonomía operativa para importar, mover, proteger, almacenar y vender sin pasar por la red de control del Estado y sus intermediarios? En la mayoría de los casos, no.

Y ahí es donde la medida empieza a deformarse.

La estructura cubana tiene una experiencia larga absorbiendo aperturas parciales sin perder el control. Eso es lo que muchas veces no se entiende desde fuera. El régimen no necesita bloquear toda apertura. Le basta con administrarla. De hecho, muchas veces le conviene permitir una apertura limitada porque:

  • baja presión social,

  • capta divisas,

  • mejora abastecimiento de sectores priorizados,

  • y mantiene intacto el sistema de control.

Ese patrón ya se ha visto en múltiples áreas:

  • remesas,

  • importaciones privadas,

  • comercio en divisas,

  • pequeños negocios,

  • servicios semiprivados.

La secuencia suele ser la misma:

  1. Se abre una vía.

  2. Entra flujo externo.

  3. Aparecen intermediarios cercanos al poder.

  4. Se captura margen económico.

  5. Se restringe a los verdaderamente independientes.

  6. Se preserva el control político.

Por eso, pensar que el combustible sería una excepción automática es ingenuo.

No hace falta decir que “todo será capturado” para entender el problema. El análisis más sólido no es absoluto, es estructural. Y estructuralmente, en Cuba cualquier apertura a privados se enfrenta a tres filtros:

Primer filtro: el filtro de acceso No todos los privados tienen la misma capacidad de operar. Algunos tienen capital, redes, protección y conexión institucional. Otros apenas sobreviven. En un escenario de combustible, esa diferencia se vuelve decisiva. El privado sin padrino no compite en igualdad de condiciones contra redes con respaldo político o militar.

Segundo filtro: el filtro logístico Comprar combustible es una cosa. Moverlo, almacenarlo y distribuirlo en Cuba es otra completamente distinta. Ahí entran transporte, permisos, seguridad, infraestructura, relaciones con autoridades y tolerancia administrativa. Ese tramo define quién gana dinero de verdad.

Tercer filtro: el filtro de prioridad política En una crisis severa, el combustible no se asigna solo por precio o necesidad de mercado. Se asigna por prioridad de poder:

  • turismo,

  • estructuras de seguridad,

  • redes oficiales,

  • sectores políticamente sensibles.

    El resto queda subordinado.

Eso significa que incluso una medida diseñada para aliviar a privados puede terminar produciendo un alivio jerárquico: primero se estabilizan áreas que protegen al poder, y después, si sobra margen, llega algo al resto.

Ese es el corazón del problema cubano: la escasez no solo genera sufrimiento; también aumenta el valor político de quien administra la escasez.

Por eso esta posible apertura debe analizarse sin romanticismo. No es una solución. Es una variable dentro de una estructura que sigue intacta.

También hay que ser precisos con otro punto: una medida así no es necesariamente un error desde la perspectiva de Washington. Puede ser, de hecho, una maniobra táctica racional. Permite mantener una narrativa de presión contra el régimen y, al mismo tiempo, responder a críticas humanitarias. En términos políticos internacionales, es una forma de blindarse:

  • “no estamos castigando al pueblo”,

  • “estamos permitiendo alivio a privados”,

  • “la presión es contra el aparato estatal”.

El problema es que esa arquitectura legal externa se estrella con una realidad interna donde el Estado no necesita figurar como comprador para beneficiarse. Le basta con controlar:

  • quién puede operar,

  • quién puede transportar,

  • quién puede distribuir,

  • quién puede vender,

  • y quién queda fuera del juego.

Ese punto es fundamental porque desmonta una falsa dicotomía que domina muchas discusiones: o esto ayuda al pueblo, o esto ayuda al régimen.

En Cuba, muchas veces ambas cosas pasan al mismo tiempo, pero en proporciones diferentes.

Puede ayudar a una parte del sector privado real. Puede aliviar parcialmente alguna actividad económica. Puede reducir tensión puntual en ciertos territorios o nichos.

Y al mismo tiempo:

  • puede generar renta para redes conectadas,

  • puede reforzar el control sobre distribución,

  • puede sostener sectores priorizados por el poder,

  • puede comprar tiempo político al sistema.

Ese escenario mixto no es una contradicción. Es la forma normal en que funciona el modelo cubano cuando recibe aperturas limitadas.

Por eso la conclusión más seria no es propagandística ni simplista.

No se trata de decir que la medida “libera” a los privados. Tampoco se trata de decir que la medida “es inútil”.

Se trata de decir lo que probablemente es: una válvula de oxígeno parcial que entra en un sistema diseñado para capturar oxígeno.

Y mientras el sistema siga siendo el mismo, cualquier alivio tenderá a distribuirse de forma desigual y políticamente filtrada.

El otro gran punto que no se puede perder es este: la crisis energética cubana no se resuelve con parches de abastecimiento. Puede aliviarse momentáneamente, sí. Pero no se resuelve. Porque el problema de fondo no es solo falta de combustible. El problema es una combinación de:

  • dependencia externa crónica,

  • infraestructura deteriorada,

  • baja productividad,

  • centralización extrema,

  • y una lógica de control que castiga la eficiencia independiente.

Mientras eso no cambie, cada entrada de combustible será administrada como emergencia, no integrada como parte de una recuperación real.

Y cuando un país vive permanentemente en modo emergencia, el poder que más crece no es el poder económico productivo. Es el poder administrativo de decidir quién recibe y quién espera.

Ese mecanismo es exactamente el que ha permitido al régimen sobrevivir durante décadas aun en crisis profundas. No porque resuelva, sino porque distribuye escasez de forma política.

Por eso esta posible apertura no cambia el tablero general. Lo ajusta.

Puede bajar presión. Puede mejorar imagen internacional de quien la impulsa. Puede dar aire a algunos privados. Puede mover algo de la economía.

Pero no rompe la estructura de control. No descentraliza de verdad. No crea mercado libre de combustible. No elimina intermediación política. No impide captura por redes cercanas al poder.

En el mejor escenario, introduce un alivio limitado dentro de una economía bloqueada internamente por su propio diseño. En el peor escenario, se convierte en otro canal de renta para los de siempre, maquillado como apertura.

La clave analítica es no perder el enfoque: el problema de Cuba no es solo quién vende desde afuera. El problema de Cuba es quién controla lo que pasa después de que entra.

Y mientras los puntos de paso sigan bajo control del mismo aparato, cualquier medida externa seguirá enfrentando el mismo límite: puede modificar el flujo, pero no puede transformar la estructura.

Ese es el punto real. No el anuncio. No el titular. La estructura.