Cuando la indiferencia también gobierna
En Cuba, desentenderse de la política no ha sido una forma de neutralidad, sino una de las condiciones que permiten la permanencia del abuso, la impunidad y el poder de los peores sobre la vida de todos.

“El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres” no es una frase decorativa ni una consigna para repetir en una red social. En el caso cubano, es una descripción brutal de la realidad. Porque en Cuba la política no es un asunto lejano, ni una discusión de élites, ni un espectáculo parlamentario que uno puede ignorar sin consecuencias. En Cuba la política decide quién come mejor y quién peor, quién puede hablar y quién debe callar, quién puede salir del país y quién queda atrapado, quién recibe privilegios y quién carga con la escasez, quién vive con electricidad estable y quién pasa noches enteras bajo apagones. La política, en un sistema totalitario, no está en un rincón: está metida dentro de la cocina, del salario, de la escuela, del hospital, de la libreta, del miedo y hasta de la forma en que una familia aprende a no decir ciertas cosas delante de los niños.
Por eso, cuando un cubano dice “a mí no me interesa la política”, muchas veces no está pronunciando una posición inteligente, sino una renuncia. A veces lo dice por cansancio. A veces por miedo. A veces porque durante años le enseñaron que la política era territorio exclusivo del poder, una zona prohibida donde el ciudadano común no debía entrar. Pero el resultado práctico de esa renuncia siempre termina siendo el mismo: deja libre el campo para que decidan los más cínicos, los más oportunistas, los más obedientes al aparato y los más dispuestos a conservar el sistema aunque el país se hunda. La abstención moral del ciudadano no vacía el poder; al contrario, lo abarata para los peores.
En Cuba, durante décadas, el régimen trabajó precisamente para producir ese tipo de ciudadano: alguien que sobreviva, no que participe; alguien que resuelva, no que cuestione; alguien que aguante, no que exija; alguien que aprenda a desconfiar del vecino, a repetir consignas en público y a guardar sus opiniones en privado. Esa deformación no ocurrió por accidente. Fue una ingeniería política deliberada. Un poder totalitario no necesita que todos crean sinceramente en él; le basta con que la mayoría se sienta impotente, aislada o desmovilizada. El ideal del autoritarismo no es el militante convencido, sino el ciudadano resignado. El que dice “nada va a cambiar”. El que repite “todos son iguales”. El que piensa que apartarse lo protege, sin entender que precisamente esa retirada es una de las grandes victorias del sistema.
Decir que no interesa la política en Cuba es, además, un autoengaño peligroso. Porque aunque alguien intente vivir al margen, el poder nunca lo deja realmente al margen. Si tu salario no alcanza, eso es política. Si tu hijo estudia bajo adoctrinamiento, eso es política. Si una madre hace cola durante horas para conseguir pollo, eso es política. Si un anciano tiene una pensión humillante, eso es política. Si un joven entiende que su única salida digna es emigrar, eso es política. Si un preso termina años encerrado por gritar libertad, eso es política. Si una familia baja la voz dentro de su propia casa por miedo a una represalia, eso también es política. Lo que muchos llaman “no me interesa la política” en realidad suele significar “me acostumbré a sufrir las consecuencias de decisiones que otros toman por mí”.
La tragedia cubana no ha sido solamente la existencia de una cúpula autoritaria. Ha sido también la normalización social del sometimiento. Y esa normalización se alimenta de millones de pequeños silencios. El silencio del que sabe que le mienten, pero calla. El del que presencia una injusticia, pero mira hacia otro lado. El del que repudia en privado, pero aplaude en público. El del que no cree en nada de lo que oye, pero lo repite para evitarse problemas. Ese silencio acumulado no es neutro. No protege a la sociedad; la desarma. No reduce el poder del abusador; lo consolida. No mantiene la paz; prolonga la dominación.
Los peores hombres no llegan al control solo por fuerza. También llegan porque demasiados decentes se retiran, demasiados honestos se cansan, demasiados capaces se exilian y demasiados ciudadanos concluyen que ocuparse de lo público no vale la pena. Ahí está una de las claves del desastre cubano. El país no ha sido destruido únicamente por la ambición y la incompetencia de quienes mandan, sino también por la fractura deliberada de la conciencia cívica. Cuando una sociedad pierde la costumbre de intervenir, fiscalizar, exigir, asociarse, disentir y pensar políticamente, lo que queda no es paz: queda obediencia. Y detrás de la obediencia siempre florecen los mediocres con poder, los fanáticos con uniforme, los burócratas sin talento, los comisarios morales, los represores de escritorio y los oportunistas que convierten la miseria nacional en escalera personal.
El caso cubano demuestra otra cosa: la antipolítica también puede ser una forma de colaboración involuntaria con el autoritarismo. No porque toda persona apática sea culpable de lo que ocurre, sino porque la pasividad general reduce el costo de la opresión. Un régimen teme más a una ciudadanía activa que a una ciudadanía agotada. Teme más a una sociedad que conecta los problemas cotidianos con sus causas estructurales que a una sociedad que solo se queja de los síntomas. Teme más a quien entiende que la falta de comida no es una mala racha, que los apagones no son una fatalidad, que la represión no es un exceso aislado y que el exilio masivo no es casualidad. El poder empieza a debilitarse cuando la población deja de interpretar cada desastre como un accidente y empieza a verlo como el resultado lógico de un sistema político fallido.
Durante años, el castrismo y sus herederos lograron algo muy eficaz: convencer a muchos cubanos de que la política era sucia, peligrosa, inútil o ajena, mientras el propio régimen la ejercía de manera absoluta sobre cada rincón de la nación. Esa asimetría fue una obra maestra de dominación. Se le dijo al ciudadano: no te metas. Pero el Estado sí se metió en todo. Se le enseñó al pueblo a desconfiar del debate, mientras el partido único monopolizaba el destino nacional. Se ridiculizó al opositor, al crítico y al inconforme, presentándolos como conflictivos, pagados, extremistas o desestabilizadores, mientras la verdadera desestabilización la producía el propio sistema con su ineptitud económica, su modelo fracasado y su represión permanente. El objetivo era claro: apartar al ciudadano de la política para que la política quedara secuestrada por los peores.
Y los peores, en efecto, han gobernado. No necesariamente los más inteligentes, ni los más preparados, ni los más honestos. Han gobernado los más disciplinados en la lealtad al aparato, los más vacíos en escrúpulos, los más útiles para repetir mentiras, los más rápidos para justificar el hambre con propaganda y la represión con lenguaje revolucionario. Han gobernado hombres capaces de llamar “resistencia” a la ruina, “dignidad” al racionamiento, “defensa de la soberanía” al encierro del país y “orden” al castigo del disidente. Han gobernado hombres que destruyeron la economía, militarizaron la vida civil, expulsaron generaciones enteras y luego pretendieron que la culpa fuera del embargo, del enemigo externo, del clima, de la pandemia o de cualquier otra cosa menos de ellos mismos. Eso ocurre cuando un sistema no es corregido por ciudadanos libres, sino protegido por una mezcla de miedo, apatía y dependencia.
En este punto conviene decir algo incómodo: en una dictadura, no todo el mundo puede actuar igual ni pagar el mismo precio. No se puede exigir heroísmo uniforme. Pero una cosa es comprender el miedo y otra convertir la indiferencia en virtud. Una cosa es reconocer el terror político y otra romantizar el desentendimiento como si fuera sabiduría práctica. No lo es. En Cuba, apartarse de la política no ha liberado a nadie. Apenas ha servido para posponer la conciencia del problema mientras el problema se agranda. El que se desentiende no deja de padecer el sistema; simplemente renuncia a entenderlo y, por tanto, a enfrentarlo en el nivel donde realmente opera.
La política, bien entendida, no significa militar en un partido ni repetir ideologías. Significa comprender quién manda, cómo manda, a favor de quién manda y con qué consecuencias. Significa identificar las relaciones entre poder y vida cotidiana. Significa entender que los derechos no caen del cielo, que el abuso no se corrige solo y que ningún país sale del estancamiento dejando lo público en manos de una élite cerrada y sin control. En Cuba, recuperar la política como asunto ciudadano es una condición mínima de reconstrucción nacional. No habrá país sano mientras el ciudadano siga viendo la política como algo que “no le interesa”, aun cuando ese mismo algo le vacía el refrigerador, le rompe la familia y le empuja a huir.
Además, hay una dimensión moral que no puede eludirse. Desentenderse de la política en un entorno autoritario no solo afecta al individuo, sino al prójimo. Cuando una sociedad se acostumbra a que los asuntos públicos no son de nadie, las víctimas quedan solas. El preso político queda solo. La madre del preso queda sola. El periodista acosado queda solo. El manifestante golpeado queda solo. El vecino sancionado por hablar queda solo. El médico que se atreve a denunciar el colapso queda solo. Y esa soledad pública es uno de los instrumentos más eficaces del poder. La indiferencia social no siempre nace de la crueldad; muchas veces nace del miedo. Pero sus efectos pueden ser igual de devastadores: deja a los valientes expuestos y convierte el castigo ejemplar en mecanismo de control colectivo.
Por eso, hablarle a los cubanos que dicen no interesarse por la política no es pedirles que se conviertan en teóricos ni en activistas profesionales. Es recordarles que el desinterés no los coloca fuera del problema. Ya están dentro. Siempre han estado dentro. Cada vez que faltó luz, cada vez que el salario no alcanzó, cada vez que un hijo se fue, cada vez que una mentira oficial sustituyó una explicación real, cada vez que alguien fue castigado por decir en voz alta lo que millones piensan en silencio, ahí estaba la política. No como un tema abstracto, sino como una maquinaria concreta ordenando la vida nacional desde arriba, sin control ciudadano y sin rendición de cuentas.
La frase inicial adquiere así, en Cuba, un peso casi literal. El precio de desentenderse de la política no ha sido solo ser gobernado por los peores hombres. Ha sido también terminar dependiendo de ellos para lo más básico. Depender de su incompetencia para comer, de su arbitrariedad para viajar, de su propaganda para entender la realidad, de su permiso para emprender, de su vigilancia para opinar, de su fracaso para explicar por qué una nación con talento, historia y recursos humanos notables lleva décadas atrapada en la pobreza estructural y la decadencia institucional. Ese es el verdadero costo: no solo te gobiernan los peores, sino que te obligan a organizar tu existencia alrededor de los daños que producen.
Ningún país serio se reconstruye sobre una ciudadanía indiferente. Cuba menos que ninguno, porque ha padecido durante demasiado tiempo un poder que prospera precisamente donde falta conciencia cívica. La salida no empieza solo con un cambio de nombres, sino con un cambio de posición del ciudadano frente a lo público. El día en que una masa crítica de cubanos deje de pensar que la política es un tema ajeno y entienda que en ella se juega la dignidad material y moral del país, ese día empezará a cambiar algo más profundo que un gobierno: empezará a cambiar la estructura de la obediencia.
Porque al final, el problema nunca fue que la política no interesara. El problema fue creer que podía ignorarse mientras ella seguía decidiendo el destino de todos. Y cuando una nación entrega esa esfera por cansancio, por miedo o por hábito, no queda vacía: la ocupan los peores. En Cuba, esa lección ya ha costado demasiado.
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