Cuba se está quedando sin sistema eléctrico

Seis colapsos en nueve meses revelan un problema mucho mayor que la falta de combustible: la Isla intenta sostener el siglo XXI con una infraestructura que lleva décadas envejeciendo

12 min de lectura5 de octubre de 2026Observatorio Cuba
Cuba se está quedando sin sistema eléctrico

El apagón del 18 de septiembre comenzó, según las autoridades cubanas, con una avería en líneas de transmisión de alta tensión. A las dos de la tarde, el fallo se propagó por el Sistema Eléctrico Nacional hasta dejar otra vez a Cuba prácticamente a oscuras. Horas después habían conseguido devolver la corriente a pequeños sectores de La Habana, sobre todo alrededor de hospitales. El resto esperaba.

Era, al menos, el sexto colapso parcial o total de la red desde enero.

La cifra impresiona menos de lo que debería porque Cuba ha llegado a un punto en el que quedarse sin electricidad durante un día entero empieza a confundirse con la rutina. Un joven habanero contó a Reuters que llevaba 24 horas sin corriente, había recuperado el servicio durante apenas una hora y entonces se produjo el derrumbe nacional. En buena parte del país, los cortes ordinarios ya pueden superar las treinta horas. El apagón general ha dejado de ser una anomalía dentro de un sistema funcional. Es el episodio más visible de un sistema que funciona permanentemente cerca de sus límites.

Esa diferencia importa.

Un sistema eléctrico sano también tiene averías. Se rompe una turbina, cae una línea, una tormenta derriba una subestación o una central sale temporalmente para mantenimiento. La red absorbe el golpe porque dispone de generación de reserva, rutas alternativas de transmisión y capacidad suficiente para sustituir lo que acaba de perder. El problema cubano es que cada vez queda menos colchón entre una avería ordinaria y una emergencia nacional.

El 5 de julio, la propia Unión Eléctrica publicó una fotografía extraordinaria de esa fragilidad. Para la hora de máxima demanda esperaba disponer de unos 1.000 megavatios frente a una necesidad de 3.100. El déficit previsto era de 2.200 MW y la afectación estimada alcanzaba los 2.230. Dicho sin la jerga de los partes eléctricos: en el momento de mayor consumo, aproximadamente dos tercios de la demanda no podían ser atendidos.

No había ocurrido una catástrofe natural aquella mañana. No acababa de pasar un huracán sobre la Isla. Era el funcionamiento diario del sistema.

La lista publicada por la UNE explicaba por qué. Las unidades 6 y 8 de Mariel estaban averiadas. También la Antonio Guiteras de Matanzas, la unidad 6 de Nuevitas y la unidad 2 de Felton. Otras cuatro unidades permanecían en mantenimiento. Al mismo tiempo, 106 centrales de generación distribuida estaban detenidas por falta de combustible, además de varias instalaciones flotantes y plantas de fuel oil. La energía solar había llegado a entregar 709 MW durante el día, un aporte importante, pero insuficiente para compensar todo lo que faltaba cuando el sol desapareciera.

Ahí está el verdadero mapa de la crisis eléctrica cubana. No existe una sola avería esperando una pieza de repuesto. Conviven plantas envejecidas, unidades que no alcanzan su potencia nominal, mantenimientos retrasados, motores sin combustible, una red de transmisión vulnerable y una demanda que durante muchas jornadas supera ampliamente la capacidad disponible.

Cuba todavía posee centrales eléctricas.

Lo que cada vez posee menos es capacidad eléctrica confiable.

Las siete grandes termoeléctricas constituyen la parte histórica de ese problema. Sobre el papel suman alrededor de 2.600 MW de potencia instalada. En octubre de 2025, EFE contrastó los datos de la Unión Eléctrica y encontró una realidad muy distinta: en una de las jornadas examinadas, tres de las siete centrales estaban completamente fuera del sistema y las cuatro restantes podían aportar como máximo unos 689 MW. Apenas alrededor de una cuarta parte de la capacidad térmica instalada estaba realmente disponible.

La distancia entre potencia instalada y potencia disponible es una de las cifras que mejor explica por qué hablar únicamente de megavatios construidos puede resultar engañoso.

Una central de 300 MW que no dispone de combustible produce cero. Una unidad de 250 MW con una caldera averiada produce cero. Otra diseñada para entregar 100 MW puede encontrarse técnicamente limitada a una fracción de esa cifra. La potencia nominal describe lo que una máquina fue construida para hacer; la disponibilidad revela lo que puede hacer esta noche.

En Cuba, ambas cifras llevan años separándose.

La edad ayuda a entenderlo. La mayor parte de las termoeléctricas fue construida durante las décadas de 1960 y 1970. En 2025, la central de Mariel acumulaba aproximadamente 62 años de explotación. Felton, la más joven de las grandes plantas térmicas, tenía unos 24. Las otras cinco rondaban, en promedio, medio siglo de servicio. Especialistas citados por EFE situaban la vida útil habitual de este tipo de instalaciones alrededor de 30 o 35 años, particularmente cuando los mantenimientos recomendados y las renovaciones de equipos no se ejecutan con la frecuencia necesaria.

Cuba ha conseguido prolongar durante décadas la existencia de esas máquinas. Eso puede leerse como una demostración de capacidad técnica de los trabajadores que las mantienen funcionando con recursos limitados. También contiene la explicación de su vulnerabilidad. Mantener viva una planta envejecida no equivale a devolverla a las condiciones en que salió de fábrica.

La Antonio Guiteras muestra con claridad esa dependencia. Su única unidad tiene una capacidad nominal aproximada de 330 MW y constituye una de las mayores fuentes individuales de generación del país. Cuando sale de servicio, el sistema pierde de una sola vez una cantidad de potencia que no siempre puede reemplazar. Felton tiene dos bloques de aproximadamente 260 y 250 MW; uno de ellos lleva años fuera después de un incendio ocurrido en 2022. Mariel, Nuevitas, Renté, Santa Cruz y Cienfuegos reparten su capacidad entre varias unidades, pero la edad y las averías recurrentes convierten esa aparente redundancia en algo mucho menos seguro de lo que sugieren los números nominales.

Los primeros cinco meses de 2026 permiten medir el desgaste de otra manera. Un análisis de los partes diarios de la Unión Eléctrica contabilizó un promedio equivalente a 4,2 incidencias diarias de unidades termoeléctricas fuera de servicio por averías entre las siete grandes centrales examinadas. Renté y Felton concentraron una parte importante de esas indisponibilidades. El 21 de marzo, por ejemplo, las tres unidades de la termoeléctrica Ernesto Guevara, en Santa Cruz del Norte, aparecieron simultáneamente fuera de servicio por avería.

No existe sistema eléctrico que pueda vivir indefinidamente reparándose sobre la marcha.

Y entonces llegó 2026.

Hasta aquí, buena parte de la explicación precede a las actuales restricciones estadounidenses sobre el petróleo. Las centrales ya eran antiguas. Los grandes apagones nacionales ya habían ocurrido. Las averías, la falta de mantenimiento y la insuficiencia de inversión llevaban años documentándose. Pretender que toda la crisis eléctrica nació este enero sería históricamente falso.

Pretender que el bloqueo petrolero no la ha agravado severamente sería igualmente falso.

Cuba necesita importar aproximadamente dos tercios del combustible que consume. En 2025, Venezuela todavía enviaba unos 26.500 barriles diarios, alrededor de un tercio de las necesidades cubanas, mientras México aportaba aproximadamente otros 5.000. Ese suministro se desplomó después de las acciones estadounidenses contra los embarques venezolanos y de la presión ejercida sobre terceros países que abastecían a la Isla.

El combustible es el segundo pulmón del sistema cubano porque las grandes termoeléctricas no son su única fuente. Durante años, Cuba instaló centenares de motores de generación distribuida alimentados fundamentalmente con diésel y fuel oil. Esas máquinas ofrecían una ventaja: podían repartirse por el territorio y ayudar a cubrir déficit o contingencias. Su debilidad es evidente cuando escasea el combustible.

El 5 de junio, la Unión Eléctrica informó de 1.203 MW indisponibles por falta de combustible. Solo las 106 centrales de generación distribuida detenidas representaban 890 MW. Aquel día también estaban averiadas o en mantenimiento varias unidades termoeléctricas. La crisis de infraestructura y la crisis petrolera aparecían juntas en el mismo parte oficial.

Ese dato permite escapar de una discusión política demasiado cómoda.

La Habana puede demostrar que la presión estadounidense ha reducido drásticamente sus posibilidades de importar petróleo. Washington puede señalar que el sistema eléctrico cubano llevaba años deteriorándose antes de las nuevas medidas. Ambas afirmaciones pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Las sanciones no construyeron las termoeléctricas de los años sesenta.

Pero una termoeléctrica vieja tampoco genera electricidad sin combustible.

La crisis actual nace precisamente de la superposición de ambas vulnerabilidades.

La política estadounidense de 2026 convirtió un sistema frágil en uno mucho más difícil de sostener. Reuters documentó en agosto que los suministros tradicionales de Venezuela y México prácticamente habían desaparecido y que entre febrero y mayo habían entrado desde Estados Unidos unos 900.000 barriles destinados al sector privado bajo una excepción de la propia política estadounidense. Aquella cantidad equivalía aproximadamente a nueve días de necesidades energéticas cubanas. Mientras algunos restaurantes y negocios podían mantener generadores funcionando con combustible importado a precios extraordinarios, hospitales, transporte público y otros servicios estatales sufrían la escasez.

La electricidad empezó así a reflejar otra fractura: quien puede comprar autonomía energética deja de depender parcialmente del apagón; quien no puede, espera.

Paneles solares, baterías, plantas eléctricas y combustible privado están creando pequeños islotes de continuidad dentro de un país sometido a cortes masivos. El fenómeno puede aliviar a familias y negocios, pero no sustituye una red nacional capaz de alimentar hospitales, sistemas de bombeo, industrias, telecomunicaciones, ferrocarriles, escuelas y millones de viviendas.

La prueba está en el agua.

A finales de septiembre, Reuters documentó que aproximadamente el 90 % de la infraestructura hidráulica de La Habana dependía de bombas eléctricas. Los apagones estaban dejando barrios sin agua durante días o semanas y las autoridades sanitarias habían comenzado a advertir sobre enfermedades gastrointestinales y hepatitis. Naciones Unidas calculaba que unos 3,5 millones de personas sufrían problemas de abastecimiento de agua en Cuba.

Cuando falla la electricidad, por tanto, no desaparece solamente la luz.

Deja de bombearse agua. Se pierde refrigeración de alimentos y medicamentos. Se interrumpen telecomunicaciones. Se detienen talleres. Los semáforos dejan de funcionar. El transporte eléctrico se paraliza. Las empresas reducen horarios. Una pequeña tienda pierde mercancía congelada. Una familia deja de dormir por el calor y los mosquitos. Un hospital tiene que depender de sus sistemas de respaldo.

La electricidad es una infraestructura que sostiene otras infraestructuras. Por eso su deterioro multiplica daños en lugar de simplemente sumarlos.

La apuesta más importante para escapar de esa dependencia está ocurriendo bajo el sol.

Cuba ha acelerado extraordinariamente la instalación de energía fotovoltaica, en gran medida con tecnología, financiamiento y cooperación china. En 2025 se sincronizaron decenas de nuevos parques y la capacidad solar creció con rapidez. Durante 2026, los partes de la Unión Eléctrica muestran regularmente cientos de megavatios fotovoltaicos entrando al sistema alrededor del mediodía. El 5 de julio, los parques solares alcanzaron un máximo de 709 MW; el 22 de septiembre, según datos de la UNE, llegaron a unos 575 MW.

Es un cambio relevante. También tiene un límite elemental: el sol se pone precisamente antes de una de las horas de mayor consumo.

Sin suficiente almacenamiento mediante baterías, una gran cantidad de energía producida al mediodía no resuelve por sí sola el pico nocturno. Y añadir generación renovable tampoco rejuvenece automáticamente las líneas de transmisión, subestaciones y sistemas de control que deben transportar esa electricidad. La transición solar puede reducir la dependencia de combustible importado, pero para convertirse en una solución estructural necesita almacenamiento, transmisión, estabilidad de red y capacidad de respaldo.

El colapso del 18 de septiembre dejó una advertencia precisamente ahí. Según las autoridades, el desencadenante estuvo en líneas de transmisión de alta tensión. Es decir, esta vez el problema inmediato no fue simplemente que faltara una central o un barco de petróleo. Falló una pieza de la red que conecta la generación con el consumo y el sistema no consiguió contener la perturbación.

Ese es el significado profundo de seis colapsos en nueve meses.

No significa que Cuba vaya a quedarse permanentemente sin electricidad. Tampoco que el sistema sea técnicamente irrecuperable. Significa que ha perdido buena parte de la redundancia que permite a una red moderna sufrir un fallo sin convertirlo en un acontecimiento nacional.

Repararlo exige algo mucho mayor que conseguir petróleo para el próximo mes.

Cuba necesita renovar generación térmica o sustituirla, completar la transición hacia fuentes menos dependientes de combustible importado, instalar almacenamiento, modernizar transmisión y distribución, recuperar capacidad de mantenimiento, financiar repuestos y construir reservas suficientes para que la caída de una unidad de 300 MW vuelva a ser una avería y no una amenaza para millones de personas.

Eso requiere capital en cantidades que la economía cubana actual tiene enormes dificultades para generar. Requiere además acceso a tecnología, financiamiento internacional, proveedores estables y una política energética que sobreviva a la emergencia cotidiana. Las sanciones estadounidenses complican varios de esos caminos; las debilidades económicas e institucionales internas complican otros.

No hay una explicación única porque tampoco existe una sola avería.

El sistema eléctrico cubano llegó a esta situación después de décadas de envejecimiento, inversiones insuficientes y mantenimiento condicionado por la escasez de recursos. La pérdida del suministro petrolero tradicional en 2026 no creó esas grietas. Hizo que un país que llevaba años caminando sobre ellas tuviera que hacerlo con mucho menos combustible.

Por eso medir la crisis contando apagones empieza a quedarse corto.

El dato decisivo no es que Cuba haya sufrido seis colapsos parciales o totales desde enero. Es que entre uno y otro el sistema tampoco consigue proporcionar electricidad de manera continua. Un apagón nacional tiene principio y final; las autoridades desconectan circuitos, forman pequeñas islas de generación, sincronizan unidades y reconstruyen lentamente la red hasta anunciar que el Sistema Eléctrico Nacional vuelve a estar unido.

Entonces comienza otra vez el déficit.

La red regresa, pero la electricidad suficiente no.

Esa es la frontera que Cuba ha cruzado. Durante años tuvo un sistema eléctrico deteriorado que producía apagones. Ahora tiene una crisis energética permanente dentro de la cual, de vez en cuando, también colapsa todo el sistema.

Y esa diferencia cambia el diagnóstico completo.

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