El comunismo perdió el siglo XX, pero todavía lucha por controlar su memoria

Después de la Unión Soviética, el Gulag, el Gran Salto Adelante, Camboya, Corea del Norte, el derrumbe del bloque soviético y más de seis décadas de partido único en Cuba, el gran misterio ya no es qué ocurrió cuando el comunismo llegó al poder. La pregunta es por qué, después de semejante expediente, todavía consigue presentarse ante millones de personas como una promesa pendiente y no como una ideología suficientemente probada.

18 min de lectura1 de septiembre de 2026Observatorio Cuba
El comunismo perdió el siglo XX, pero todavía lucha por controlar su memoria

El comunismo perdió el siglo XX, pero todavía lucha por controlar su memoria

Después de la Unión Soviética, el Gulag, el Gran Salto Adelante, Camboya, Corea del Norte, el derrumbe del bloque soviético y más de seis décadas de partido único en Cuba, el gran misterio ya no es qué ocurrió cuando el comunismo llegó al poder. La pregunta es por qué, después de semejante expediente, todavía consigue presentarse ante millones de personas como una promesa pendiente y no como una ideología suficientemente probada.

Hay algo extraordinario en la supervivencia política del comunismo. No que todavía existan partidos que utilicen ese nombre ni que algunos Estados conserven formalmente esa identidad. Lo extraordinario es que, más de tres décadas después de la desaparición de la Unión Soviética, después de la apertura de archivos que documentaron desde dentro el funcionamiento de su aparato represivo y después de experiencias comunistas desarrolladas durante décadas en sociedades radicalmente diferentes, todavía sea posible defender la doctrina argumentando que su verdadero problema histórico consistió en que nunca fue aplicada correctamente.

El comunismo no llega al siglo XXI como una hipótesis que jamás tuvo oportunidad de probarse. Gobernó algunas de las sociedades más grandes del planeta. Dispuso de territorio, población, recursos naturales, industrias, universidades, científicos, ejércitos y tiempo. Existieron Estados dirigidos por partidos comunistas en Europa, Asia, América y África. Sus experiencias no fueron idénticas y sería intelectualmente deshonesto tratarlas como si lo hubieran sido. Algunas consiguieron avances en alfabetización, industrialización o determinados servicios sociales; algunas fueron menos represivas que otras; otras produjeron catástrofes extraordinarias. Pero las diferencias nacionales no eliminan una recurrencia histórica fundamental: allí donde el marxismo-leninismo se consolidó como estructura permanente de Estado, la concentración económica tendió a acompañarse de concentración política y el partido terminó situándose por encima de una competencia real por el poder.

Después de la desaparición de la URSS se redujo además el espacio para alegar que buena parte de ese expediente era simplemente propaganda occidental. La Hoover Institution trabajó durante años con archivos estatales rusos y microfilmó aproximadamente diez millones de páginas procedentes del Partido Comunista y del Estado soviético, incluyendo documentación de los órganos centrales del partido, el NKVD y el sistema Gulag. El Estado soviético dejó una inmensa burocracia documentándose a sí misma. (Hoover Institution)

En 2006, la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa condenó los crímenes cometidos por los regímenes comunistas totalitarios y enumeró asesinatos, ejecuciones, muertes en campos de concentración, hambre, deportaciones, tortura, trabajo esclavo, persecución y otras formas de terror. La resolución introdujo una precisión indispensable para cualquier análisis serio: reconoció que algunos partidos comunistas europeos participaron posteriormente dentro de sistemas democráticos. La distinción importa. Una persona que defiende ideas comunistas dentro de una democracia plural no es equivalente a un Estado que convierte una doctrina en monopolio político y utiliza su aparato coercitivo para impedir la alternancia. (Consejo de Europa)

Camboya constituye uno de los casos extremos. Entre 1975 y 1979, los Jemeres Rojos intentaron transformar radicalmente el país en una sociedad agraria sin clases. El Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos estima que casi dos millones de personas murieron durante aquellos años bajo un régimen de trabajo forzoso, persecución, hambre y ejecuciones. (USHMM)

China dejó otro expediente imposible de reducir a una discusión puramente filosófica. El Gran Salto Adelante, impulsado por Mao a finales de la década de 1950, combinó colectivización, objetivos productivos políticamente determinados, distorsiones de información y políticas que contribuyeron a una hambruna gigantesca. Las estimaciones exactas continúan siendo discutidas porque reconstruir demográficamente una catástrofe de semejante magnitud es complejo. Our World in Data, utilizando estimaciones históricas del World Peace Foundation, sitúa alrededor de 36 millones la estimación central de muertes de la gran hambruna china de 1958-1962 y advierte expresamente sobre la incertidumbre existente en las cifras históricas de hambrunas. (Our World in Data)

Corea del Norte impide relegar toda esta discusión al pasado. Naciones Unidas creó una Comisión de Investigación para examinar violaciones sistemáticas, generalizadas y graves de derechos humanos y determinar aquellas que pudieran constituir crímenes de lesa humanidad. (OHCHR)

Y Cuba demuestra que el comunismo como monopolio político tampoco pertenece exclusivamente a los archivos del siglo XX. La Constitución cubana vigente declara irrevocable el sistema socialista y define al Partido Comunista de Cuba como único, marxista-leninista y fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado, encargada de orientar la construcción del socialismo y el avance hacia una sociedad comunista. No es una descripción redactada por los adversarios del Gobierno cubano. Es la definición que el propio sistema incorporó a su Constitución. (Constitute Project)

Human Rights Watch documentó en su Informe Mundial 2026 que el Gobierno cubano continúa reprimiendo la disidencia y la crítica pública, mantiene arbitrariamente detenidos a cientos de críticos y manifestantes y continúa hostigando a activistas, periodistas independientes y opositores. Según Prisoners Defenders, citado por HRW, Cuba tenía cerca de 700 presos políticos en octubre de 2025. (Human Rights Watch)

Por tanto, la cuestión interesante ya no consiste en determinar si existieron regímenes comunistas represivos, economías desastrosamente administradas o atrocidades cometidas en nombre de proyectos revolucionarios. Existe documentación suficiente para establecerlo sin necesidad de utilizar cifras infladas ni propaganda.

La verdadera pregunta es otra: ¿por qué todo eso no destruyó la capacidad de seducción del comunismo?

Responder que sus defensores desconocen la historia sería tentador, pero insuficiente. Algunos la desconocen. Otros la conocen perfectamente. Hay jóvenes que nunca vivieron bajo un régimen de partido único, intelectuales que distinguen entre Marx y el marxismo-leninismo, antiguos ciudadanos de países comunistas que conservan nostalgia por determinados aspectos de aquella época y personas que utilizan hoy palabras como socialismo o comunismo para expresar algo mucho menos definido: frustración ante la desigualdad, dificultad para adquirir una vivienda, rechazo a las grandes corporaciones, precariedad laboral o desconfianza hacia unas élites políticas y económicas que consideran desconectadas de sus vidas.

La supervivencia del comunismo no tiene una sola explicación. Tiene un mecanismo.

Y el primero de esos mecanismos es extraordinariamente poderoso: el comunismo todavía puede ser juzgado por su ideal mientras sus adversarios son juzgados por su realidad.

Cuando se discute el capitalismo aparecen sus defectos verdaderos: crisis financieras, monopolios, empresarios corruptos, trabajadores explotados, desigualdad, captura política, familias incapaces de comprar una vivienda y fortunas capaces de ejercer una influencia desproporcionada sobre gobiernos. Es correcto que aparezcan. Una economía de mercado no merece inmunidad frente a sus propios resultados.

Pero el comunismo puede presentarse de una manera diferente. No necesariamente como la Unión Soviética, Alemania Oriental, Camboya, Cuba o Corea del Norte, sino como una sociedad futura sin clases, explotación, pobreza ni grandes desigualdades.

Entonces dejamos de comparar dos sistemas históricos.

Comparamos una realidad imperfecta con una utopía perfecta.

Y la realidad siempre pierde esa competencia porque la realidad tiene consecuencias mientras la utopía solamente tiene intenciones.

De ahí procede probablemente la defensa más resistente del comunismo: aquello no fue verdadero comunismo.

La Unión Soviética fue estalinismo. Mao deformó la doctrina. Pol Pot fue un extremista. Corea del Norte se convirtió en una dinastía. Cuba ha sufrido durante décadas la presión económica de Estados Unidos. Cada experiencia posee, ciertamente, circunstancias particulares que deben estudiarse. El problema aparece cuando absolutamente todos los fracasos pueden ser separados de la doctrina mientras cualquier resultado positivo permanece incorporado a ella.

Se construye entonces una teoría difícil de refutar: si funciona, demuestra la validez del comunismo; si fracasa, demuestra que todavía no existió verdadero comunismo.

La pregunta intelectualmente incómoda es evidente: si ninguna experiencia histórica puede constituir evidencia contra una doctrina, ¿qué tendría que ocurrir para demostrar que esa doctrina estaba equivocada?

Existe además otra forma de absolución: responsabilizar exclusivamente a los dirigentes. Stalin fue el problema. Mao fue el problema. Pol Pot fue el problema.

Naturalmente, los individuos importan. Pero ningún sistema político serio puede diseñarse suponiendo que siempre será administrado por personas inteligentes, decentes y moderadas. Las instituciones deben construirse precisamente para sobrevivir al gobernante incompetente, fanático o corrupto.

Esa es la razón de la separación de poderes. De los tribunales independientes. De la prensa libre. De la oposición. De las elecciones competitivas. De la propiedad privada dispersa. De las organizaciones civiles que no dependen del Gobierno.

No existen porque confiemos plenamente en quienes gobiernan.

Existen porque no debemos hacerlo.

Aquí aparece uno de los problemas estructurales más profundos del comunismo de partido único. Para transformar radicalmente la propiedad debe concentrarse una enorme capacidad económica. Cuando el Estado controla las principales empresas, controla una parte dominante del empleo. Cuando controla el crédito, determina quién accede al capital. Cuando controla la vivienda, la distribución, las importaciones y los medios de producción, las decisiones económicas fundamentales dejan de estar dispersas entre millones de actores y pasan progresivamente a depender de una estructura política y administrativa.

Si además el partido controla al Estado, la policía, los medios, la legislación y los tribunales, el ciudadano no se enfrenta simplemente a un Gobierno poderoso. Puede terminar enfrentándose simultáneamente a su empleador, regulador, propietario, proveedor y aparato coercitivo.

El comunismo pretendió resolver el problema de la concentración de riqueza. Demasiadas veces terminó creando algo potencialmente más peligroso: concentración económica y concentración política dentro de una misma estructura.

La élite tampoco desapareció necesariamente. Cambió de naturaleza.

Cuando la propiedad privada pierde gran parte de su capacidad para distribuir poder económico y el Estado administra los principales recursos, la cercanía al poder político puede convertirse en una nueva forma de riqueza. La nomenklatura sustituye a otra élite. El privilegio no desaparece; cambia de puerta de entrada.

Pero nada de esto explica por sí solo por qué una persona joven, nacida décadas después de Stalin y a miles de kilómetros de Cuba o Corea del Norte, puede sentirse atraída por el comunismo.

Para entenderlo hay que reconocer algo que parte del anticomunismo tradicional se niega a admitir: el comunismo suele comenzar su discurso hablando de problemas reales.

Habla de desigualdad.

De salarios insuficientes.

De trabajadores explotados.

De corrupción.

De jóvenes que no pueden comprar una vivienda.

De fortunas heredadas.

De grandes empresas capaces de influir sobre gobiernos.

De personas que trabajan durante décadas y sienten que jamás alcanzarán la seguridad económica de sus padres.

Una sociedad libre que responda a todo eso diciendo simplemente que el capitalismo funciona está dejando el terreno preparado para sus adversarios.

El éxito retórico del comunismo consiste en comenzar con un diagnóstico que puede contener verdades y utilizarlo para legitimar un tratamiento que no se deriva necesariamente de ese diagnóstico.

Que exista desigualdad no demuestra que abolir mercados produzca prosperidad.

Que existan empresarios corruptos no demuestra que entregar sus empresas al Estado elimine la corrupción.

Que el dinero privado pueda comprar influencia política no demuestra que concentrar el poder económico dentro del poder político vaya a producir mayor libertad.

Puede existir una enfermedad verdadera y una medicina equivocada.

Esa diferencia es esencial porque el capitalismo puede convertirse, cuando funciona mal, en uno de los mejores propagandistas del comunismo.

Cada monopolio protegido por políticos, cada privatización entre amigos, cada rescate para privilegiados, cada caso de corrupción empresarial y cada generación convencida de que trabaja dentro de un sistema cuyas reglas fueron diseñadas para otros entrega argumentos a quienes sostienen que el problema no son las deformaciones de una economía de mercado, sino la existencia misma del mercado.

Negar esos problemas es intelectualmente torpe.

Una sociedad libre demuestra su superioridad no fingiendo que carece de defectos, sino conservando mecanismos capaces de corregirlos sin destruir la libertad para hacerlo.

La experiencia poscomunista ayuda a comprender esta tensión. Pew Research Center examinó en 2019 las opiniones de poblaciones de Europa central y oriental tres décadas después del derrumbe del bloque soviético. En términos generales, las poblaciones estudiadas valoraban positivamente la transición hacia la democracia multipartidista y la economía de mercado. En Polonia, el 85 % aprobaba ambos cambios. Pero en Rusia, Ucrania y Bulgaria más de la mitad consideraba que la situación económica de la mayoría era peor que durante la etapa comunista. También existía una percepción extendida de que políticos y empresarios se habían beneficiado más de la transición que los ciudadanos comunes. (Pew Research Center)

Eso no demuestra que aquellas poblaciones quisieran recuperar la censura o la policía política.

Demuestra algo mucho más humano.

Las personas no recuerdan sistemas políticos como los recuerdan los historiadores. Recuerdan sus vidas.

Alguien puede recordar que tenía empleo estable. Que su alquiler era bajo. Que sus padres estaban vivos. Que tenía veinte años. Que su barrio parecía más seguro. Que después de la transición perdió el trabajo y observó cómo antiguos activos estatales terminaban en manos de oligarcas.

Treinta años después puede decir que antes vivía mejor sin estar diciendo que desea recuperar una dictadura.

La nostalgia selecciona.

Recuerda la seguridad y puede olvidar la censura.

Recuerda el empleo y puede olvidar la frontera.

Recuerda la juventud y termina atribuyendo al sistema una parte de aquello que pertenecía simplemente a la vida.

Existe además un problema generacional todavía más profundo.

Las dictaduras envejecen de una manera particular. Primero desaparecen sus dirigentes. Después envejecen quienes las padecieron. Las cárceles se convierten en museos, los expedientes pasan a los archivos y las historias familiares pierden a sus testigos directos.

Los símbolos, en cambio, sobreviven.

Una generación conoce una ideología porque la sufrió. La siguiente porque sus padres se la contaron. La tercera la estudia. La cuarta puede empezar a romantizarla.

Para quien perdió una propiedad, pasó por una prisión política, sufrió vigilancia o tuvo que abandonar definitivamente su país, el comunismo puede significar una biografía fracturada.

Para alguien nacido cincuenta años después puede significar una fotografía del Che Guevara, una estrella roja o una estética revolucionaria.

Ahí existe una desigualdad brutal entre memoria y propaganda.

La víctima envejece.

El símbolo no.

Y cuando desaparece la generación que puede decir “yo estuve allí”, la utopía recupera una parte del espacio que había perdido frente a la experiencia.

La psicología política añade otra explicación. Una revisión publicada en Annual Review of Psychology en 2025 examinó décadas de investigación sobre sesgo partidista y encontró evidencia consistente de que las personas tienden a buscar, creer y recordar con mayor facilidad información favorable a sus afinidades políticas. No es un defecto exclusivo de comunistas ni de la izquierda; aparece en diferentes identidades políticas. (Annual Review of Psychology)

Pero aplicado a una ideología explica algo fundamental.

Cuando una creencia se convierte en identidad, abandonarla deja de ser simplemente corregir una opinión.

Puede significar reconocer que los referentes intelectuales de una persona estaban equivocados, que su grupo estaba equivocado, que determinadas atrocidades que relativizó merecían una condena inequívoca o que una parte importante de su vida política estuvo construida sobre una interpretación que ya no puede sostener.

Entonces aparece el razonamiento defensivo.

La pregunta deja de ser “¿qué demuestra esta evidencia?” y puede convertirse en “¿cómo puedo interpretar esta evidencia sin abandonar lo que soy?”.

La frase “eso no era verdadero comunismo” cumple una función extraordinaria porque permite conservar la identidad moral y trasladar el fracaso a la ejecución.

La ideología permanece pura.

Los culpables siempre son otros.

Existe todavía una última dimensión que suele subestimarse: los regímenes pueden desaparecer mucho más rápido que las culturas políticas que producen.

Alberto Alesina y Nicola Fuchs-Schündeln utilizaron la división y posterior reunificación de Alemania como un extraordinario experimento histórico. Encontraron que los alemanes orientales mostraban después de la reunificación mayor preferencia por redistribución e intervención estatal que los occidentales, incluso controlando factores económicos, y que el efecto era mayor entre quienes habían vivido durante más tiempo bajo el sistema comunista. Los autores estimaron que algunas diferencias podían necesitar una o dos generaciones para converger completamente. (NBER)

Ese resultado no significa que defender redistribución o un Estado de bienestar convierta a alguien en comunista.

Significa algo mucho más importante: las instituciones producen expectativas y las expectativas pueden sobrevivir a las instituciones.

Una bandera puede cambiarse en una tarde.

Una Constitución puede modificarse en meses.

Una empresa estatal puede privatizarse en semanas.

Una cultura política necesita mucho más tiempo.

Esto debería preocupar especialmente a Cuba.

Una futura transición cubana no tendrá que reconstruir solamente una economía destruida y descapitalizada. Tendrá que reconstruir la relación entre ciudadano y Estado después de décadas en las que el poder político ha sido simultáneamente gran empleador, regulador, propietario, educador, proveedor y autoridad ideológica.

No bastará con permitir empresas privadas y celebrar unas elecciones.

Habrá que construir tribunales capaces de fallar contra el Gobierno, prensa capaz de investigar al presidente, sindicatos independientes, universidades autónomas, municipios con poder real, empresas que no dependan de fidelidad política, propiedad protegida jurídicamente y organizaciones civiles capaces de existir sin autorización ideológica.

Y habrá que reconstruir algo todavía más difícil: la idea de que los derechos no son concesiones del Estado.

Esa será una de las batallas más profundas de una Cuba libre.

Durante décadas, el régimen enseñó al ciudadano a pedir permiso donde debía ejercer derechos. Permiso para viajar. Permiso para asociarse. Permiso para publicar. Permiso para importar. Permiso para prosperar. Permiso para construir. Permiso para disentir sin ser destruido. Esa pedagogía de la obediencia no desaparece automáticamente cuando cambia un Gobierno. Puede continuar dentro de los reflejos sociales, dentro de las instituciones, dentro del lenguaje administrativo y dentro del miedo aprendido.

El comunismo no fracasa solamente cuando empobrece. Fracasa de una manera más grave cuando acostumbra a la sociedad a vivir bajo tutela.

El ciudadano termina relacionándose con el Estado no como titular de derechos, sino como solicitante. No exige: gestiona. No reclama: suplica. No se organiza: espera autorización. No se siente dueño de su país: intenta sobrevivir dentro de una maquinaria que decide por él.

Por eso una transición cubana auténtica no podrá limitarse a sustituir consignas. Tendrá que sustituir la lógica completa del poder.

La república futura no deberá construirse sobre la idea de que un nuevo Gobierno permitirá libertades, sino sobre el principio de que ningún Gobierno tiene derecho a concederlas o retirarlas. La libertad de expresión no puede depender del humor de un funcionario. La propiedad privada no puede depender de fidelidad política. La empresa no puede ser un permiso revocable. La prensa no puede existir por tolerancia. La universidad no puede enseñar bajo vigilancia ideológica. El sindicato no puede ser brazo del Estado. El tribunal no puede ser oficina del poder.

Una Cuba libre no será verdaderamente libre si conserva ciudadanos acostumbrados a agradecer lo que les pertenece por derecho.

Ahí estará la verdadera prueba histórica. El final del comunismo no será únicamente el día en que desaparezca el monopolio formal del Partido Comunista. Será el día en que ningún cubano vuelva a considerar normal que el Estado le diga hasta dónde puede pensar, hablar, trabajar, comerciar, viajar, asociarse, invertir o recordar.

La memoria importa porque el comunismo todavía intenta ganar después de haber perdido. Ya no necesita convencer a todos de que sus regímenes fueron ejemplares. Le basta con sembrar dudas, relativizar víctimas, separar doctrina y resultados, presentar cada fracaso como desviación y vender como justicia futura aquello que tantas veces terminó en servidumbre presente.

La defensa de la libertad no puede cometer el error contrario. No debe negar los defectos del capitalismo, la desigualdad, la corrupción, los abusos empresariales o el abandono social. Debe demostrar que una sociedad libre posee una ventaja moral y práctica superior: puede corregirse sin convertir al ciudadano en propiedad del Estado.

Ese es el punto que el comunismo nunca resolvió.

Quiso abolir la explotación y terminó creando sistemas donde el trabajador no podía enfrentar a su empleador porque su empleador era también el Estado. Quiso terminar con las élites y creó nomenklaturas. Quiso liberar al pobre y lo hizo dependiente del permiso. Quiso entregar la historia al pueblo y entregó el pueblo a un partido.

El siglo XX no fue un malentendido.

Fue una advertencia.

Y Cuba, todavía hoy, es una advertencia viva.

El comunismo no necesita volver al poder en países libres para ser peligroso. Le basta con conservar prestigio moral entre quienes juzgan sus promesas con más indulgencia que sus resultados. Le basta con que la memoria de sus víctimas se desgaste. Le basta con que cada nueva generación conozca mejor sus símbolos que sus cárceles.

Por eso la discusión no es arqueológica. Es política. Es moral. Es urgente.

Una sociedad que olvida por qué necesita límites al poder empieza a preparar las condiciones para perderlos.

Y una Cuba que algún día salga del castrismo tendrá que entenderlo con una claridad absoluta: no se trata solamente de abandonar una ideología fracasada. Se trata de construir una cultura política donde ningún salvador, ningún partido, ningún comandante, ningún burócrata y ningún Estado vuelva a colocarse por encima de la persona.

La libertad no es una promesa del poder.

Es el límite que el poder debe obedecer.

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