El error de subestimar al castrismo

No se trata solo de una dictadura larga, sino de una maquinaria de poder que ha dedicado 67 años a perfeccionar el arte de manipular, infiltrarse, resistir, mentir y sobrevivir

6 min de lectura16 de junio de 2026Observatorio Cuba
El error de subestimar al castrismo

Menospreciar al castrismo es un gran error. No solo por respeto a la verdad histórica, sino por higiene intelectual. Hay opositores que, por cansancio o por rabia, lo reducen a un aparato viejo, torpe, oxidado y sostenido apenas por el miedo. Hay analistas que lo dan por acabado cada vez que la economía colapsa, cada vez que la luz se apaga, cada vez que la emigración se dispara, cada vez que el descrédito moral del régimen se vuelve inocultable. Y, sin embargo, ahí sigue. Más pobre, más desgastado, más cínico, más vacío de legitimidad, pero ahí sigue. Esa persistencia no se explica solo por la represión. Se explica también por una capacidad acumulada de manipulación que muy pocos regímenes del mundo han ejercido con tanta disciplina, tanta paciencia y tanta inteligencia táctica.

El gran error de muchos adversarios del castrismo ha sido confundir deterioro con debilidad terminal. No son lo mismo. Un sistema puede estar destruido como modelo económico y seguir siendo altamente peligroso como estructura de poder. Puede fracasar en producir prosperidad y, al mismo tiempo, ser extremadamente eficaz en producir obediencia, fragmentación social, miedo, dependencia, exilio, propaganda y confusión internacional. El castrismo ha sido exactamente eso: una catástrofe para la nación cubana y, a la vez, una maquinaria notablemente competente para conservarse.

Durante 67 años, el régimen no solo ha gobernado. Ha aprendido. Ha aprendido a hablar distintos idiomas según el auditorio. Hacia dentro, ha usado el idioma de la épica, del sacrificio, de la plaza sitiada, de la culpa histórica y de la obediencia patriótica. Hacia fuera, ha usado el idioma del antiimperialismo, de la soberanía, de la salud pública, de la educación, de la dignidad del Tercer Mundo y de la resistencia heroica. Con los ingenuos se presenta como víctima. Con los simpatizantes se presenta como ejemplo moral. Con los aliados se presenta como socio estratégico. Con los empresarios se presenta como plaza pragmática. Con los organismos internacionales se presenta como Estado serio. Con su pueblo, en cambio, se presenta como dueño.

Ese dominio del lenguaje no es accesorio. Es parte central de su supervivencia. El castrismo entendió desde temprano que no bastaba con reprimir: había que narrarse. No bastaba con encarcelar: había que justificar. No bastaba con fracasar menos que otros: había que convertir cada fracaso en prueba de resistencia. Y, sobre todo, había que lograr que el mundo discutiera eternamente sus intenciones en lugar de juzgar sus resultados. Ahí radica una de sus victorias más duraderas: durante décadas consiguió que demasiada gente analizara a Cuba como símbolo, cuando lo correcto era analizarla como sistema de poder.

Ese sistema ha sido extraordinariamente hábil en otra tarea esencial: convertir sus propias debilidades en instrumentos de control. La escasez, por ejemplo, no solo ha sido un efecto del desastre económico; también ha sido una forma de disciplinamiento. La dependencia del Estado para comer, moverse, estudiar, viajar, emprender o simplemente sobrevivir no fue solo ineficiencia administrativa. Fue arquitectura de dominación. Lo mismo ocurrió con la emigración. El exilio masivo ha sido tragedia nacional, pero también válvula de escape para el régimen. Expulsa descontento, fragmenta familias, drena energía social y luego vive de las remesas que manda la misma diáspora que obligó a huir.

Menospreciar al castrismo también es ignorar su inteligencia internacional. Durante décadas ha sabido insertarse en conflictos regionales, cultivar simpatías ideológicas, penetrar espacios académicos, mediáticos y diplomáticos, construir redes de solidaridad automática y blindarse moralmente con causas que no le pertenecen. Ha conseguido que muchos que jamás aceptarían vivir bajo un régimen así, lo defiendan desde la comodidad de democracias liberales. Ese es uno de sus logros más perversos: persuadir a otros de que su dictadura es, en realidad, una noble anomalía histórica.

También ha demostrado una notable capacidad de mutación. No es un régimen estático. No se conserva repitiendo exactamente las mismas fórmulas, sino adaptándolas. Ha pasado del carisma revolucionario a la burocracia militarizada, del internacionalismo armado al negocio administrado por conglomerados opacos, del discurso igualitarista a una desigualdad estructural gestionada desde arriba, de la movilización total a la apatía controlada. Ha cambiado de rostro sin cambiar de naturaleza. Y esa elasticidad ha confundido a muchos. Cada ajuste superficial fue vendido como reforma. Cada gesto táctico fue leído como apertura. Cada relevo generacional fue presentado como transición. Y casi siempre, detrás del maquillaje, el núcleo siguió intacto: monopolio político, represión del disenso, opacidad económica y soberanía secuestrada por una élite.

Subestimar al castrismo es, además, una forma de consolarse. Hace sentir bien decir que ya no tienen pueblo, que ya no tienen relato, que ya no tienen nada. Pero la verdad incómoda es otra: aunque hayan perdido legitimidad, todavía conservan instrumentos. Aunque ya no inspiren, todavía administran. Aunque ya no convenzan, todavía penetran, espían, chantajean, dividen y compran tiempo. El opositor emocional cree que la evidencia del desastre basta para derribarlos. El analista serio entiende que un régimen no cae solo porque esté podrido. Cae cuando pierde capacidad coercitiva, cohesión interna, control narrativo y margen de maniobra táctica al mismo tiempo. Y el castrismo, aun muy degradado, ha demostrado ser experto en retrasar esa convergencia.

Por eso el anticastrismo inteligente no puede ser ingenuo. No puede gritar más fuerte y creer que con eso basta. No puede contentarse con la denuncia moral sin comprender la ingeniería del poder que enfrenta. No puede repetir que el régimen está acabado mientras el régimen sigue operando, infiltrando, manipulando y sobreviviendo. Enfrentar al castrismo exige algo más que indignación: exige comprensión fría de su método. Exige estudiar cómo convierte presión en victimismo, cómo usa el embargo como coartada, cómo infiltra oposiciones, cómo premia la mediocridad obediente, cómo fabrica lealtades por interés y cómo explota la confusión del mundo libre frente a las dictaduras que saben hablar en nombre de causas nobles.

La gran lección de estos 67 años es brutal: el castrismo no ha durado tanto porque tenga razón, sino porque ha sabido operar el poder con una mezcla letal de represión, propaganda, paciencia, oportunismo y lectura estratégica de sus enemigos. Ha sido criminal, sí. Ha sido empobrecedor, sí. Ha sido moralmente devastador, sí. Pero también ha sido astuto. Y negarse a reconocer esa astucia es regalarle ventaja.

Conclusión

Menospreciar al castrismo es un error porque lo reduce a escombros cuando en realidad sigue siendo maquinaria. Una maquinaria envejecida, desgastada, desprestigiada y destructiva, pero maquinaria al fin. No se le derrota riéndose de su ruina. Se le derrota entendiendo cómo ha conseguido sobrevivir a ella.

Quien quiera liberar a Cuba de verdad tiene que empezar por abandonar una comodidad peligrosa: la de creer que enfrenta a un enemigo ridículo. No. Enfrenta a una estructura que ha tenido 67 años para estudiar al mundo, explotar sus contradicciones, colonizar narrativas y perfeccionar el gobierno del miedo. Y a las dictaduras así no se les vence con simplificaciones. Se les vence con lucidez superior, constancia estratégica y una verdad que no solo denuncie sus crímenes, sino que entienda por qué han podido durar tanto.

¿Qué te pareció este análisis?

Comentarios

?

Sé el primero en comentar

Tu opinión importa. Comparte tus ideas.

También te puede interesar