José Martí entre Estados Unidos, el capital y el socialismo.

Por qué reducirlo a “anticomunista” o “capitalista” es una falsificación histórica

5 min de lectura9 de marzo de 2026Observatorio Cuba
José Martí entre Estados Unidos, el capital y el socialismo.

Uno de los errores más frecuentes al leer a José Martí es intentar meterlo a la fuerza en categorías ideológicas posteriores a su tiempo. Se le quiere convertir, según la conveniencia de cada lector, en un liberal procapitalista fascinado con Estados Unidos o en un precursor de posiciones antioligárquicas que luego otros quisieron acercar al socialismo. Las dos simplificaciones fallan por la misma razón: Martí fue más complejo, más fino y más históricamente situado que esas etiquetas.

Martí admiró muchas cosas de la sociedad estadounidense. Eso es real y está documentado. Vivió en Estados Unidos, observó de cerca su dinamismo social, su capacidad de trabajo, su vida municipal, su cultura cívica, su prensa, su sistema educativo y la energía material de una sociedad moderna en expansión. Sus Escenas norteamericanas muestran a un observador impresionado por la vitalidad de ese país y por la fuerza de su organización social. Negar esa admiración sería falsearlo.

Pero admirar aspectos de una sociedad no equivale a adoptar como doctrina todo su sistema económico y político. Ahí está la diferencia que muchos borran deliberadamente. Martí no miró a Estados Unidos como discípulo rendido, sino como observador crítico. Mientras admiraba su energía creadora, también fue viendo con claridad sus peligros: el poder creciente del dinero, la desigualdad, la corrupción política, el materialismo social y, sobre todo, la vocación expansiva de una potencia que podía convertirse en amenaza para los pueblos de América Latina. Esa doble mirada —admiración por sus capacidades y alarma ante sus tendencias imperiales— es una de las claves más importantes para entenderlo.

Por eso, decir simplemente que Martí “era capitalista” es intelectualmente pobre. Si por capitalista se entiende alguien que ve en el mercado, en la acumulación privada y en la expansión del capital el principio legítimo y rector de la sociedad, Martí no encaja ahí. Su pensamiento no gira alrededor de la glorificación del dinero ni del éxito económico como valor supremo. Al contrario: una parte importante de su obra expresa desconfianza moral ante la reducción del ser humano a interés material. Martí valora la dignidad, la justicia, la república, la educación, la virtud pública y la independencia nacional mucho más que cualquier lógica de acumulación. Su centro no es el capital. Su centro es la persona y la nación.

Ahora bien, tampoco se le puede convertir seriamente en comunista o en precursor orgánico del marxismo. Martí conoció la obra de Marx y le dedicó un texto de enorme importancia. Ese texto es clave porque allí aparece exactamente la complejidad que muchos quieren eliminar. Martí honra en Marx al hombre que se puso del lado de los débiles y de quienes sufrían la explotación social. No lo desprecia, no lo ridiculiza, no lo demoniza. Lo toma en serio. Pero a la vez marca una distancia decisiva: rechaza la idea de empujar a los hombres unos contra otros y expresa reservas ante la violencia de clase como método histórico. Esa posición lo aleja tanto del anticomunismo vulgar como del marxismo militante.

Aquí entra otro punto esencial: llamar a Martí “anticomunista” en el sentido moderno también es un anacronismo. Martí murió en 1895. No conoció la Revolución rusa, no conoció el comunismo de Estado, no conoció el leninismo, no conoció el estalinismo ni la Guerra Fría. La palabra “anticomunista”, tal como se usa en el siglo XX y XXI, pertenece a un universo ideológico posterior. Aplicársela mecánicamente borra el contexto histórico y convierte el análisis en propaganda retrospectiva. Lo que sí se puede afirmar es que Martí no era marxista doctrinal, no veía la lucha de clases como eje exclusivo de la historia y no concebía la transformación política como dictadura de una clase sobre otra. Pero eso no lo convierte automáticamente en “anticomunista” de manual. Lo convierte en lo que fue: un republicano democrático radical, con sensibilidad social muy fuerte y con una visión moralista de la política.

La clave para leer a Martí correctamente está en entender qué defendía de verdad. Defendía una república de ciudadanos, no una maquinaria de dominación. Defendía la independencia nacional como condición de dignidad, no como simple consigna. Defendía la justicia social, pero no desde el odio de clase. Defendía la libertad, pero no como coartada para el egoísmo económico. Defendía la soberanía frente al imperio, pero no para sustituir una dominación por otra. Su pensamiento no cabe ni en la caricatura liberal proestadounidense ni en la apropiación autoritaria posterior que quiso presentarlo como precursor de un Estado de partido único.

Y aquí aparece la diferencia histórica más importante: Martí admiró de Estados Unidos lo que veía como fuerza republicana, capacidad cívica y energía social; pero temió de Estados Unidos lo que veía como expansión imperial y dominio del dinero. Esa ambivalencia no es contradicción. Es precisamente la señal de una inteligencia superior. Martí entendió antes que muchos que una nación podía ser admirable en su organización interna y peligrosa en su proyección exterior.

Por eso su figura incomoda tanto a quienes quieren usarlo como estampita ideológica. No sirve del todo ni para justificar capitalismo oligárquico ni para justificar comunismo de Estado. Martí no fue un adorador del mercado ni un teórico de la dictadura revolucionaria. Fue un pensador republicano, antiimperialista, moral, socialmente sensible y profundamente preocupado por la dignidad humana.

La conclusión seria es esta: José Martí no era anticomunista en el sentido moderno del término, porque esa categoría pertenece a un conflicto histórico posterior. Tampoco era capitalista si por eso se entiende defensor doctrinal del orden del dinero y de la acumulación como valor central. Martí admiró capacidades concretas de la sociedad estadounidense, criticó sus deformaciones materiales e imperiales, respetó en Marx su defensa de los oprimidos y rechazó la lógica de la violencia de clase como fundamento político. Intentar reducirlo a una sola etiqueta no lo explica: lo empobrece.

Lo que hace grande a Martí no es que encaje en nuestras categorías actuales. Es justamente que las desborda.

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