La libertad solo se comprende cuando se ha perdido
El contraste entre quienes idealizan las revoluciones desde la comodidad y quienes han vivido bajo un sistema donde disentir tiene consecuencias reales

Existe un fenómeno cada vez más visible en universidades y espacios políticos de Occidente: jóvenes que condenan los valores de las democracias liberales mientras idealizan sistemas revolucionarios o autoritarios que jamás han experimentado. El problema no radica en cuestionar un sistema político, algo propio de una sociedad libre, sino en hacerlo desde el desconocimiento de aquello que se propone como alternativa.
La historia demuestra que la inmensa mayoría de las personas que defienden con mayor intensidad las libertades individuales no son quienes siempre las tuvieron, sino quienes un día las perdieron.
Ahí reside una diferencia fundamental entre la teoría y la experiencia.
Para un estudiante que nació en una democracia consolidada, la libertad de expresión suele parecer un derecho permanente, casi automático. Para un cubano, un iraní, un venezolano, un norcoreano o cualquier ciudadano que haya vivido bajo un régimen autoritario, la libertad nunca es un hecho garantizado; es un bien frágil que puede desaparecer lentamente hasta convertirse en un recuerdo.
Quien nunca ha visto encarcelar a un periodista por publicar una noticia difícilmente comprende el verdadero significado de la censura.
Quien nunca ha tenido miedo de expresar una opinión política delante de sus vecinos difícilmente entiende el valor del pluralismo.
Quien nunca ha hecho horas de cola para conseguir alimentos básicos probablemente no perciba la importancia de una economía capaz de producir abundancia.
Y quien nunca ha visto a miles de personas abandonar su propio país para sobrevivir difícilmente entenderá que la emigración masiva suele ser el síntoma de un fracaso estructural, no una simple elección personal.
En el caso cubano, esta realidad ha sido observable durante más de seis décadas. Millones de ciudadanos han emigrado, miles de opositores han sido encarcelados en distintos períodos históricos y el control estatal ha alcanzado prácticamente todos los ámbitos de la vida pública. Los acontecimientos posteriores a las protestas del 11 de julio de 2021 reforzaron internacionalmente el debate sobre los límites de las libertades civiles en la isla y sobre el uso del aparato estatal frente a la disidencia.
Nada de esto significa que las democracias sean perfectas.
No lo son.
Tienen desigualdades, polarización política, corrupción, errores institucionales y profundas contradicciones. Precisamente porque son sociedades abiertas, esos problemas pueden denunciarse públicamente, debatirse y, al menos en teoría, corregirse mediante mecanismos democráticos.
En los sistemas autoritarios ocurre lo contrario: el problema no desaparece; simplemente desaparece la posibilidad de hablar sobre él.
Ese es el punto que con frecuencia pasa inadvertido entre quienes romantizan las revoluciones.
Las revoluciones suelen venderse prometiendo igualdad, justicia y dignidad. Sin embargo, la historia muestra que, cuando concentran el poder sin contrapesos efectivos, terminan reduciendo libertades fundamentales y debilitando las instituciones que permiten exigir responsabilidades a los gobernantes.
Por eso resulta llamativo observar manifestaciones donde se corean consignas contra las democracias occidentales mientras esas mismas manifestaciones solo son posibles gracias a las libertades que esas sociedades garantizan. La paradoja es evidente: el derecho a criticar al sistema existe precisamente porque ese sistema permite la crítica.
Difícilmente podría ocurrir lo mismo frente a la sede de un régimen donde disentir constituye un delito.
La experiencia de millones de cubanos ofrece una perspectiva distinta a la del activismo construido únicamente desde la teoría. No habla desde libros ni desde discursos ideológicos, sino desde la memoria colectiva de generaciones que conocieron la pérdida progresiva de libertades, el control político de la vida cotidiana, la emigración como vía de escape y el costo humano de vivir sin instituciones independientes.
Esa diferencia de experiencias explica por qué quienes han escapado de sistemas autoritarios suelen convertirse en los defensores más firmes de las libertades civiles. No porque crean que las democracias sean perfectas, sino porque conocen el precio de vivir sin ellas.
La libertad rara vez se aprecia plenamente mientras existe.
Casi siempre comienza a valorarse cuando ya se ha perdido.
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