Washington vuelve a hacer cuentas militares sobre Cuba

Un documento interno revelado por CBS confirma que el Ejército de Estados Unidos estudia qué fuerzas de apoyo podría poner a disposición del Comando Sur en 90 a 120 días. No existe una orden de invasión, pero la planificación sobre Cuba ha pasado durante 2026 de las declaraciones políticas al estudio de capacidades militares concretas.

11 min de lectura27 de septiembre de 2026Política y Poder
Washington vuelve a hacer cuentas militares sobre Cuba

Durante décadas, hablar de una intervención militar estadounidense en Cuba perteneció casi siempre al territorio de la retórica, la memoria de Bahía de Cochinos y la Crisis de los Misiles, o las especulaciones que periódicamente regresan cuando las relaciones entre Washington y La Habana entran en otra de sus crisis. Esta vez hay algo distinto. No porque Donald Trump haya firmado una orden para invadir la Isla —no existe evidencia pública de que lo haya hecho—, sino porque el aparato militar estadounidense está realizando un tipo de trabajo mucho menos ambiguo que un discurso político: está calculando fuerzas, tiempos, capacidades logísticas y unidades que podrían ser necesarias si el Gobierno decidiera actuar.

CBS News reveló el 25 de septiembre que la Reserva del Ejército de Estados Unidos está examinando su capacidad para proporcionar al Comando Sur varias clases de unidades dentro de un plazo de entre 90 y 120 días. El documento interno revisado por la cadena no menciona a Cuba. Ese detalle importa y no debe esconderse. Pero varios funcionarios estadounidenses, que hablaron bajo condición de anonimato porque no estaban autorizados a discutir el asunto públicamente, dijeron a CBS que la solicitud forma parte de la planificación militar continuada relacionada con Cuba. Tampoco existe, según la información publicada, una orden de despliegue para ninguna de esas unidades.

Lo interesante empieza cuando se mira qué clase de fuerzas aparecen en esa consulta. No se está preguntando únicamente por infantería. El Ejército quiere conocer la disponibilidad potencial de un batallón de apoyo de sostenimiento de combate encargado de transporte, mantenimiento, combustible y suministros; un batallón de ingenieros; un mando expedicionario de sostenimiento capaz de coordinar la logística de un teatro de operaciones; una brigada médica; una unidad quirúrgica preparada para atender traumatismos cerca de las fuerzas desplegadas, y una brigada de policía militar. Son precisamente las capacidades que permiten sostener una operación una vez que los soldados, los vehículos y los aviones dejan de ser flechas sobre un mapa y empiezan a necesitar combustible, carreteras, hospitales, seguridad, suministros y una cadena logística que funcione todos los días.

Eso no prueba una invasión. Prueba planificación.

Y la diferencia entre ambas cosas es enorme.

Los grandes ejércitos elaboran planes de contingencia para escenarios que nunca llegan a ejecutar. Es parte de su trabajo. El Pentágono necesita tener respuestas preparadas antes de que una crisis obligue al presidente a decidir entre alternativas que todavía no existen. Una solicitud de disponibilidad tampoco equivale a una movilización y mucho menos a una orden de combate. Presentar el documento de CBS como la prueba de que las tropas estadounidenses marcharán sobre La Habana dentro de cuatro meses sería convertir una información seria en propaganda.

El problema para el Gobierno cubano es que ese documento no apareció aislado.

En julio, CBS había revelado que altos funcionarios de Defensa y planificadores militares estadounidenses habían estudiado varias opciones para una posible acción contra Cuba. Una de ellas era considerablemente más agresiva: un asalto aéreo dirigido por el Ejército y ejecutado por miles de soldados de la 101.ª División Aerotransportada. Los funcionarios consultados entonces hicieron exactamente la misma advertencia que ahora resulta indispensable repetir: que una opción sea estudiada y presentada no significa que Donald Trump o el Pentágono hayan decidido ejecutarla.

La investigación publicada ahora añade otras piezas. CBS asegura, citando personal militar estadounidense, que durante este año fuerzas de Estados Unidos realizaron reconocimientos del fondo marino y de los accesos marítimos que rodean Cuba. También informa que componentes del poder aéreo estadounidense fueron colocados en un nivel superior de preparación y recibieron instrucciones para preposicionar personal ante un posible despliegue. Aquellos preparativos finalmente no desembocaron en la operación contemplada.

Vistos separadamente, cada uno de esos movimientos puede pertenecer a la rutina de la planificación militar. Colocados uno detrás del otro, dibujan algo más preciso: durante 2026 Washington ha dedicado recursos de inteligencia y planificación a estudiar qué podría necesitar si la confrontación con Cuba dejara de ser exclusivamente económica y diplomática. Sigue faltando la pieza decisiva —la orden política—, pero ya resulta difícil sostener que toda discusión sobre opciones militares estadounidenses para Cuba pertenece únicamente al rumor de internet.

Trump, además, lleva meses introduciendo deliberadamente esa posibilidad en el lenguaje político. El 27 de marzo, durante un foro de inversión en Miami, habló de las operaciones militares estadounidenses y soltó una frase que inmediatamente recorrió el mundo: “Cuba is next”. No explicó qué significaba exactamente. En ese momento podía interpretarse como presión política, una amenaza o una referencia deliberadamente ambigua a los próximos objetivos de su política exterior. Reuters registró la declaración y señaló que Trump no especificó qué pretendía hacer con Cuba.

El tono no desapareció con el paso de los meses. El 22 de septiembre, ante la Asamblea General de Naciones Unidas, Trump afirmó que su Gobierno buscaba un “cambio fundamental” en Cuba, predijo la caída del Gobierno comunista y dijo que “la libertad llegará a Cuba”. Al mismo tiempo afirmó que el secretario de Estado Marco Rubio estaba profundamente involucrado en negociaciones con La Habana. Es decir, Washington mantiene abiertas dos realidades que no son incompatibles: negociación y presión, mientras sus planificadores militares preparan opciones que un presidente podría solicitar si la vía política fracasa.

Es aquí donde aparece inevitablemente un nombre enterrado en los archivos de la Guerra Fría: OPLAN 316.

Conviene manejarlo con cuidado porque la comparación histórica es poderosa, pero la evidencia disponible no demuestra que el Pentágono haya sacado literalmente aquel plan de un archivo, cambiado la fecha y vuelto a colocarlo sobre una mesa. No existe información pública que identifique la planificación actual como OPLAN 316. Lo que existe es una semejanza histórica imposible de ignorar: hace sesenta y cuatro años, cuando Estados Unidos se preparó seriamente para la posibilidad de combatir en Cuba, el Pentágono también tuvo que resolver exactamente el problema que vuelve a estudiar ahora —cómo trasladar, introducir y sostener una fuerza militar estadounidense en la Isla.

OPLAN 316 fue real. Los documentos desclasificados del propio Gobierno estadounidense lo describen como el plan de reacción rápida para operaciones contra Cuba. Un memorando oficial de septiembre de 1962 establecía que el asalto aerotransportado podía comenzar cinco días después de recibirse la orden de ejecución y que el asalto anfibio llegaría tres días más tarde; con fuerzas previamente posicionadas, aquel tiempo podía reducirse aún más.

Otro documento conservado por el Departamento de Estado permite ver la escala conceptual del proyecto. El plan contemplaba un asalto aerotransportado en las inmediaciones de La Habana realizado por dos divisiones, seguido tan rápidamente como fuera posible por un desembarco anfibio de la 2.ª División de Marines al este de la capital. Conforme avanzara la acumulación de fuerzas, podían incorporarse unidades adicionales hasta alcanzar aproximadamente cinco divisiones completas, acompañadas de las tropas necesarias para sostenerlas.

La documentación histórica militar va todavía más lejos. Los preparativos de 1962 contemplaban que las divisiones aerotransportadas 82.ª y 101.ª realizaran los asaltos iniciales mientras los Marines aseguraban una cabeza de playa; otras unidades del Ejército entrarían posteriormente. El 16 de noviembre de aquel año, los propios jefes del Estado Mayor Conjunto comunicaron al presidente John F. Kennedy que las Fuerzas Armadas se encontraban en una posición óptima para ejecutar tanto OPLAN 312 —el ataque aéreo— como OPLAN 316 —la invasión de Cuba— si recibían la orden.

La coincidencia de la 101.ª División Aerotransportada entre aquel episodio y una de las opciones estudiadas en 2026 resulta históricamente llamativa. No demuestra continuidad entre ambos planes. La 101.ª sigue siendo una de las grandes herramientas estadounidenses para operaciones de asalto aéreo, y CBS señaló precisamente esa capacidad al explicar por qué apareció en los estudios actuales. Pero la imagen es difícil de separar de la historia: la misma división que estuvo preparada para intervenir durante la Crisis de los Misiles vuelve a aparecer, seis décadas después, en una planificación relacionada con Cuba.

También necesita corrección otra historia que suele contarse de manera demasiado simple: que Kennedy firmó en secreto un pacto mediante el cual Estados Unidos prometió “no invadir nunca Cuba”. El arreglo que puso fin a la Crisis de los Misiles fue más preciso. La Unión Soviética retiraría de Cuba los sistemas de armas ofensivas y Estados Unidos ofrecía garantías contra una invasión de la Isla. Lo verdaderamente secreto fue otro elemento de la negociación: Robert Kennedy comunicó al embajador soviético Anatoly Dobrynin que Washington tenía previsto retirar sus misiles Jupiter de Turquía, pero que esa retirada no podía formar parte públicamente del acuerdo. Los Jupiter fueron retirados en abril de 1963.

Los borradores diplomáticos posteriores muestran además que la garantía estadounidense estaba formulada con condiciones relacionadas con la ausencia de armas nucleares u otros sistemas ofensivos en Cuba, así como con las obligaciones estadounidenses bajo la Carta de Naciones Unidas y el sistema interamericano. Reducir aquel episodio a una promesa personal, eterna e incondicional de Kennedy es históricamente demasiado rudimentario para describir lo que realmente negociaron Washington y Moscú.

Nada de aquello responde, sin embargo, a la pregunta que importa en septiembre de 2026: qué pretende hacer Trump.

La respuesta responsable es que todavía no lo sabemos.

Sabemos que ha amenazado públicamente al Gobierno cubano. Sabemos que su administración ha incrementado la presión económica. Sabemos que Washington y La Habana también han mantenido conversaciones. Sabemos que la comunidad de inteligencia ha estudiado cómo podría responder Cuba ante una eventual acción estadounidense. Sabemos que el Pentágono ha examinado opciones militares que incluyen un asalto aéreo de gran escala. Sabemos ahora que la Reserva del Ejército está preguntando qué unidades médicas, logísticas, de ingeniería y de policía militar podrían estar disponibles para SOUTHCOM dentro de 90 a 120 días. Y sabemos que, según CBS, durante el año hubo actividades de reconocimiento alrededor de Cuba y preparativos aéreos que finalmente no fueron utilizados.

Lo que no sabemos es igualmente importante. No existe una orden pública de invasión. No existe evidencia de que Trump haya seleccionado la opción de la 101.ª Aerotransportada. No sabemos qué misión concreta tendrían las unidades consultadas por la Reserva. El documento obtenido por CBS ni siquiera menciona a Cuba por su nombre. No conocemos una fecha para una operación y tampoco existe evidencia pública de que la planificación contemporánea se denomine OPLAN 316. Afirmar cualquiera de esas cosas como un hecho iría más allá de las pruebas disponibles.

Hay, además, un dato que impide reducir toda la política estadounidense a una cuenta regresiva militar. En mayo, funcionarios estadounidenses dijeron a Associated Press que Washington no contemplaba entonces una acción militar inminente contra Cuba, pese a las amenazas presidenciales. En junio, el vicepresidente JD Vance confirmó que Estados Unidos estaba hablando con el Gobierno cubano sobre posibles cambios en su relación.

Por eso la noticia del 25 de septiembre merece atención precisamente sin necesidad de exagerarla. El cambio relevante no consiste en que Estados Unidos haya decidido invadir Cuba. No hay pruebas de eso. Consiste en que la opción militar ha adquirido suficiente entidad dentro de la planificación estadounidense para producir estudios sucesivos sobre inteligencia, accesos marítimos, poder aéreo, fuerzas de asalto y, ahora, la estructura de apoyo necesaria para sostener una eventual operación.

Un presidente puede ordenar a sus militares estudiar una guerra y finalmente negociar. Puede utilizar la existencia de opciones militares como instrumento de presión. Puede descartar todos los planes que le presentan. Puede también recurrir a uno cuando cambia la situación. La planificación no permite adivinar cuál de esos caminos escogerá Trump; únicamente demuestra que algunos de ellos están siendo preparados.

Ese matiz separa una información de inteligencia de una profecía.

En 1962 ocurrió algo parecido hasta cierto punto. Los documentos que hoy conocemos muestran un aparato militar estadounidense extraordinariamente avanzado en sus preparativos mientras Kennedy buscaba una salida que evitara una guerra que podía escalar hasta el enfrentamiento nuclear. OPLAN 316 estuvo listo. Las fuerzas estuvieron en alerta. Los barcos, aviones, paracaidistas y Marines se prepararon. La orden final nunca llegó.

Sesenta y cuatro años después, la historia no se está repitiendo y sería irresponsable escribir que lo hace. Cuba ya no alberga misiles nucleares soviéticos apuntando hacia territorio estadounidense; la Unión Soviética desapareció; la correlación militar y el escenario internacional son completamente diferentes. Pero existe una resonancia histórica difícil de pasar por alto. Otra administración estadounidense vuelve a exigir cambios profundos en La Habana mientras sus militares calculan qué necesitarían si algún día reciben una orden que nadie puede asegurar que vaya a producirse.

Por ahora, esa orden no existe públicamente.

Los planes, en cambio, sí.

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