Cuando la excusa se agota

Las cifras del comercio con Estados Unidos no eliminan el peso de las sanciones, pero sí desmontan una coartada cómoda: Cuba no puede seguir importando cada vez más mientras produce cada vez menos y culpar de toda la ruina a factores externos.

6 min de lectura15 de septiembre de 2026Observatorio Cuba
Cuando la excusa se agota

Hay una pregunta que ya no se puede esquivar sin mentirle al país: ¿cuánto más tendrá que empobrecerse Cuba para que el Gobierno reconozca que el problema no está solamente afuera?

Durante décadas, el poder acostumbró al cubano a mirar siempre hacia el mismo horizonte. Si falta comida, la culpa está afuera. Si no hay medicinas, la culpa está afuera. Si se apaga el país, la culpa está afuera. Si el salario no alcanza, la culpa está afuera. Esa explicación ha funcionado como escudo político, como consigna y como reflejo automático. Pero una nación no puede vivir eternamente señalando al exterior mientras se derrumba por dentro.

Los propios números empiezan a romper el discurso. Según la Oficina del Censo de Estados Unidos, las exportaciones estadounidenses hacia Cuba sumaron 674 millones de dólares entre enero y julio de 2026, frente a 416,5 millones en el mismo período de 2025. Eso representa un aumento aproximado del 61,8 %, no una cifra menor ni simbólica. En julio solamente, las ventas de Estados Unidos a Cuba alcanzaron 148,9 millones de dólares.

Ese dato no significa que el embargo haya desaparecido. No significa que las restricciones financieras, comerciales y energéticas no tengan consecuencias reales. Sería absurdo negarlo. OFAC mantiene vigente el régimen de sanciones contra Cuba, aunque también existen autorizaciones y excepciones relacionadas con alimentos, productos agrícolas, medicinas, dispositivos médicos y otros bienes permitidos bajo determinados marcos legales.

Pero precisamente ahí aparece la contradicción incómoda: si Cuba puede comprar cientos de millones de dólares en bienes a Estados Unidos, entonces el embargo no puede seguir funcionando como explicación total de cada fracaso interno. Puede ser una presión externa. Puede ser un obstáculo. Puede encarecer operaciones y limitar accesos. Lo que no puede hacer es convertir automáticamente al Gobierno cubano en inocente de todo lo que ocurre dentro de la isla.

La pobreza también puede ser administrada políticamente. Un Gobierno que controla las instituciones, las empresas estratégicas, la economía principal, los permisos, la prensa, los sindicatos, las importaciones y buena parte de la vida pública no puede presentarse eternamente como espectador de la crisis. No es un observador externo. Es el administrador del modelo.

La familia cubana no vive en un debate diplomático. Vive contando las horas de electricidad. Vive buscando medicamentos. Vive improvisando comida. Vive calculando cuánto dura una libra de arroz, una recarga, una batería, una remesa o una esperanza. AP describió recientemente el costo psicológico de esa acumulación de crisis: apagones, falta de agua, deterioro económico y una población llevada al límite por una vida cotidiana sin alivio visible.

La vida diaria no se sostiene con consignas. Necesita pan, luz, transporte, salario, medicamentos, seguridad, libertad para producir y reglas que no asfixien al ciudadano.

Ahí está el punto central. Si existen recursos para importar, ¿por qué no se produce? Si determinadas empresas encuentran dólares para comprar en el exterior, ¿por qué el trabajador cubano sigue atrapado en una economía que no le permite vivir de su salario? Si el país puede traer mercancías, combustible, alimentos y bienes de consumo, ¿por qué el Estado continúa presentando la escasez como una fatalidad inevitable?

Después de más de seis décadas de control político, el Gobierno cubano no puede seguir actuando como si hubiera heredado la crisis de una administración ajena. Este modelo decidió centralizar, prohibir, intervenir, limitar, vigilar y administrar desde arriba. Decidió reducir la propiedad privada, castigar la iniciativa independiente, subordinar la economía a la ideología y poner al ciudadano a pedir permiso para resolver lo que el Estado no resolvía.

Ahora, cuando la realidad lo obliga a abrir pequeños espacios, el discurso cambia de forma, pero no de fondo. Reuters informó en septiembre de 2026 que Cuba aprobó nuevas regulaciones para atraer inversión, comercio y turismo dentro de una ampliación de reformas de mercado, en medio de una crisis económica severa y apagones continuos.

Eso no es una victoria del modelo. Es la confesión tardía de su agotamiento.

No escribo esto para negar las presiones externas. Las presiones existen. Escribo esto porque una nación soberana también tiene que asumir sus propias responsabilidades. Gobernar no consiste en encontrar culpables eternos. Gobernar consiste en responder por los resultados.

Y los resultados están a la vista: hogares sin electricidad suficiente, hospitales sin recursos, jóvenes que miran al aeropuerto como única salida, ancianos esperando medicinas, familias partidas entre quienes sobreviven dentro y quienes sostienen desde fuera. Reuters ha documentado el éxodo cubano reciente como una estampida migratoria superior a oleadas históricas como Mariel. Esa salida masiva no es solo una crisis migratoria. Es una evaluación social del sistema.

Un país no se empobrece solamente cuando pierde dinero. Se empobrece cuando pierde la confianza de sus hijos.

Cuba llegó a ese punto. Y lo más grave no es solo la carencia material, sino la insistencia oficial en tratar al ciudadano como si no entendiera lo que vive. El cubano sabe cuándo una sanción externa pesa. Pero también sabe cuándo una empresa estatal no funciona, cuándo un burócrata bloquea, cuándo una ley asfixia, cuándo un permiso humilla, cuándo la producción se pierde por mala gestión y cuándo la propaganda intenta convertir el fracaso en resistencia.

La pregunta sigue ahí, desnuda: ¿cuánto más tendrá que empobrecerse Cuba para que el Gobierno admita que el problema no está solamente afuera?

Una explicación repetida durante décadas puede servir como refugio político, pero no como solución nacional. Ninguna consigna sustituye al pan. Ningún discurso enciende una casa. Ninguna justificación cura a un enfermo. Ninguna bandera ideológica devuelve los años perdidos a una generación que solo quiere vivir con dignidad.

Pensar con libertad, decir la verdad, trabajar sin miedo y vivir en paz no debería ser un privilegio para el cubano. Es un derecho.

Fuentes para investigar

Oficina del Censo de Estados Unidos: datos oficiales del comercio de bienes entre Estados Unidos y Cuba; registra 674 millones de dólares en exportaciones estadounidenses hacia Cuba entre enero y julio de 2026.

OFAC / Departamento del Tesoro: marco de sanciones vigente contra Cuba y autorizaciones relacionadas con alimentos, productos agrícolas, medicinas y dispositivos médicos.

Reuters: contexto sobre reformas económicas, presión estadounidense, apagones y crisis estructural en Cuba durante 2026.

AP y Reuters: documentación reciente sobre el deterioro de la vida cotidiana en Cuba, apagones, presión psicológica y crisis migratoria.

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