
La salida de Díaz-Canel no cambia el sistema: en Cuba el problema no es el rostro, sino la estructura del poder
Sacar a Miguel Díaz-Canel podría tener valor simbólico, diplomático e incluso propagandístico, pero no alteraría por sí solo el núcleo del régimen. Mientras el Partido Comunista conserve su supremacía constitucional, las Fuerzas Armadas mantengan el control de los sectores estratégicos y el aparato represivo siga intacto, cualquier relevo en la presidencia sería más cosmético que transformador.
El planteamiento de que quitar a Díaz-Canel no resolvería el problema de fondo es, en esencia, correcto. La propia arquitectura del sistema cubano explica por qué. La Constitución de 2019 establece en su artículo 5 que el Partido Comunista de Cuba es la “fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”, lo que deja claro que el poder real no descansa en una presidencia competitiva o autónoma, sino en una estructura partidista cerrada. A eso se suma el peso de las Fuerzas Armadas y del conglomerado militar-empresarial GAESA, que desde hace años aparece descrito por analistas y reportes internacionales como uno de los centros reales de control económico de la isla. En ese contexto, Díaz-Canel funciona más como administrador visible del sistema que como su dueño político.
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